martes, 20 de agosto de 2013

por eso es que yo soy como una votante que mira por el agujero de la urna y ve luz.

 Veo todos los textos anteriores de este blog. Veo mi desgracia fijada cronológicamente. Veo cómo pasa el tiempo y recuerdo el libro de Benedetti en mis manos.
No solo sentía que el autor uruguayo era mi consuelo, sino que también una fuente de información. Por eso lo dejé en mi bolso cuando me encaminé hacia el cumpleaños del que me habría enterado su existencia tarde. Fui poco original y repetí mi vestimenta: La que usé siempre hasta el día en el que me dí cuenta de que era una piba muy limitada.                                                                                                                              De a ratos, cuando pasaban una canción que no me gustaba; agarraba el libro y elegía un poema al azar: Siempre caía en el mismo, uno llamado ''Pausa''. ¿Por qué será que siempre, cuando intento de buscar entre las páginas de un libro poesía, caigo en la misma hoja? ¿Me intentaba decir algo? ¿Una pausa?
De todas las pausas de mi vida, la pausa que mejor seleccioné fue la vida. 

Cruzando el canal de panamá

A fin de cuentas, todo es un chiste. (Charles Chaplin)

 Hoy estaba en la escuela, en la clase de gimnasia. No le presté ni la más puta atención al partido de handball que se ejecuta frente a mí. Y de repente, surgió una idea. Me fui al baño sin pedir permiso: era una idea que tenía que organizar, que quizás precisaba varios segundos de concentración. Y luego, ya vuelta a la clase que no continué porque me escapé con dos de mis amigas, conté:
La vida, se podría clasificar en el catálogo de inutilidades como una telenovela. En cada capítulo, se muestra de a pequeños pedazos lo que va a pasar en el siguiente. En el siguiente, se repasa lo que pasó en el anterior. Todos los capítulos suelen ser relleno que permite llegar, como único objetivo, al final. Todos los televidentes de la novela caen en la conclusión de que los únicos hechos históricos que ocurrieron fueron el principio y el final. Para todo ser pesimista, el final es la muerte. Pero siempre, siempre, va a haber una segunda temporada.
  Y después me corregí: No, Nina, No Chiara, tienen razón. Es una pelotudez. En realidad, la vida es una chiste.



Texto por Solange Rim

martes, 6 de agosto de 2013

que te trague el mundo

Mi mente tiene un cauce que desborda de ideas inservibles. No me escucho pensar. Toco mi alrededor, con las manos, todas llenas de esa sangre. Esa sangre nueva, que circula y que ahora que está en mis manos no hace más que permanecer. Quieta. La puedo ver. La sangre no se agita. Se pudre. Cada pausa es un deseo más grande de mirar el mundo. Se detiene. La vida se va a detener en este rincón de sol que he encontrado. Mi visión, encontrando antes de buscar. Mis ojos poseídos. El sol tuesta lo que veo. Las imágenes retorcidas del saber. Estoy encontrando. Una planta. Un pasto sobresaliendo de una órbita lisa. Se puede notar tan fácilmente y yo, chorreando sangre, bañada en este piso. Mi silencio reclama un ruido. Saltan, los pastos saltan y se mueven con el viento que los arrastra hacia un lugar que no irán. Siguen a lo que no los lleva.


Sorpresa

Cómo será el mundo cuando no estoy

Tengo un hambre que me destruye. Mirando el cielo, distinguiendo su color atestado por personas que lo ven también, llenándose los ojos. Una leve textura de dibujo, la retengo entre mis brazos secos y mi estómago crujiente. Mi ropa toca mi piel y lo siento con levedad fingida, me asusta. Toco el aire aparentando sus puntas y sus extremos, los mundos que habitan en él. Quiero tener la esperanza de que hay un mundo subterráneo lleno de mí, en donde el hambre no se nota. Quiero caminar, mirar una sola cosa y muchas a la vez, concentrándome en ese punto de sol. Se me aprietan los dedos de ánimo enorme, me recuesto. Las luces que veo, mi cama fue hecha. Solo las sábanas sin taparme. Veo un hilo de luz en mi cuarto. Veo cómo la luz toca cosas que no serán. Que no serán porque desaparecerán, dejando humo en su lugar. Humo que escasea mi nariz curiosa. Me asomo. Me asomo por escondites, no sé si ya contó. No respires, le digo a mi amigo. Después pienso que le deseé la muerte. Silencio. Hay pasos pero no se sabe para dónde van. Siempre hacia mí, siempre hacia mí. No sé si hago ruido, pero yo me escucho. No hables, le digo. Terminó de contar. Sí, creo. No sé. Vienen más pasos. No respiro. Me cubro la boca con la suave amplitud del deseo de desaparecer. Si me vio se va a burlar por el lugar que elegí. Igual, ¿qué lugar no es estúpido para esconderse?


Texto por Solange Rim

sábado, 3 de agosto de 2013

Calle.

El contorno borroso de todas las cosas. 

Caminaba sin sufrir. Arrancaba sus pies del suelo, hasta el punto en que estos le obedecieran. Caminaba con la boca cerrada; y eso generaba que algo del mundo no entrara en él, que se prive de una oportunidad que iba a infiltrarse entre sus labios. No quería abrirla porque no quería más fuentes de acceso para el mundo. Él ya se había convertido en el mundo. Se mordía la lengua y un breve dolor se incrustaba en sus piernas, se le achicaban los muslos con una presión que provenía de algún lugar extraño: quizás detrás de los basurales, del ruido, de los autos. Evadía el ruido. El cielo enojado producía las sombras del ruido en el asfalto de la calle, blanda, en la que se hundían los pies de las personas que se transportaban buscando algo, un punto específico, entre toda esa gran inmensidad. Él también tenía su punto específico, pero se lo olvidaba. Su recuerdo se lo llevaban los autos frenando, las calles manipuladas por semáforos, los movimientos repetitivos, el intercambio de olores entre cuadra y cuadra. La ciudad lo hacía olvidar. Y ese verano espantoso que bordeaba cualquier necesidad de escapar lo estaba carcomiendo. La gente que quería estar en un lugar que no fuera la calle tenía que atravesar la calle. Ese era el resultado. Millones de cuerpos pegados, sudores que correspondían a distintos cuerpos adornando todos los cuerpos. El olor al sudor del que estaban hechas las nubes amenazantes. Los pies, los pies cansados y encarcelados en la cápsula de las zapatillas que no permitían ni una gota de aire a los cansados prisioneros. Caminar, caminar, había que caminar. Sino no se iba a llegar a un sitio mejor. Todos los sitios estaban manchados de verano. Los pensamientos que habitaban una cabeza dolorida se volvían líquido molesto y caliente, invasor. El tiempo era una gran oleada de aromas que se sucedían: aromas enrarecidos por el calor, aromas que perdían su soledad. El tallo emergente de la incomodidad, que brotaba de una esfera que mareaba. Tanto mareo iba a hacer que las personas se cayeran y vomitaran desde el piso; un vómito gris que expulse con una voluntad ligera una garganta larga y quebrada. La gente iba a pisar los vómitos, los vomititos y los charcos de nada que abundaban en la calle y que el cielo miraba, e iba a cubrirse de una ira que tensaría sus manos hasta el punto de la desesperación y de no querer llegar a ningún lado. Todo se iba a desvanecer. Todos iban a arrinconarse en una parte de la calle hasta hacer más espacio, con un sobrador suspiro de arrepentimiento; para que caiga la tarde y las luces de la calle comiencen a prenderse,  más allá de que no haya ninguna necesidad (entonces las luces parecían adornos, y los adornos confundían a la gente porque no eran necesarios). Y después la noche. La noche iba a aliviar todos los aires respirados, que habían hecho que las horas se sucedan, que pasen, que el tiempo se vaya corriendo en un acto de apuro, que las personas unidas a la calle se separen y comiencen a volar en un pensamiento dulce acompañado por una cena iluminada por una lámpara, que embrutecía las palabras y tranquilizaba el compromiso. Con libertad en los estómagos comenzaban a llenarse la boca de un puré blando que se les deshacía en la boca, todo tenue, y que luego bajaba confundiendo a los dientes de los que se desunía. De la comida (porque en la mesa también había otras cosas) comenzaba a brotar un humo que humedecía las narices de los individuos desconcertados, que permanecían en sus sillas pero sólo por buena educación. Aunque quién sabe qué hubieran hecho si no tenían la necesidad de ejecutar la buena educación, transportado los platos de mano en mano para que le lleguen a uno que podría haber estirado su brazo, estándose derechos para no hundirse en la tentadora madera que absorbía sus columnas para que bajaran. Quién sabe que hubiera pasado si esa noche, hubieran comido la comida más rica del mundo.  


Texto por Solange Rim

viernes, 2 de agosto de 2013

Mancha

Hay algo que me limita.
Es una reja permanente de hierro manchada de mi sangre que escapa.
Escapa de mis venas,
Siento su olor.
Me reúno con el cielo abundante que me espera en algún lugar del mundo:
Todo. Todo el mundo es cielo.

Cielo manchado de sangre. 

(Pollock expresándose, manchando una hoja sin una técnica flotando entre sus manos libres. Pollock disfrutando al tiempo en que le chupa un huevo el mundo. Pollock oponiéndose y volviéndose personaje de su papel y su mancha. Pollock es una mancha. A Pollock nadie lo entendía. Mirando el papel, libre, haciendo del viento un leve transportador de pintura. Dejando que la ventana arruine con su decoradora luz un trozo de su obra, su obra que hizo manchando la vida y despreocupándose. Pollock siendo iluminado. Pollock sintiendo el sentido del sin sentido. Pollock sufriendo la perfección. Pollock defendiendo la perfección. )

Texto por Solange Rim

lunes, 29 de julio de 2013

Finishing

(Este texto contiene una excesiva cantidad de paréntesis y aposiciones, y lenguaje que no acostumbro usar).

   Hoy fui a la escuela con mucha esperanza y felicidad. Mantuve mi sonrisa hasta el momento en que nos informaron de la salida. La salida es terrible. Un rejunte de gente que está en grupos y que tiene una gran capa invisible de idiotez. Sí. Y con esa burbuja se protegen y dejan en un estado individual y doloroso a personas como yo. Y, de algún modo, siento orgullo por poder estar sola. Pero esto limita mi vida social y mi sonrisa. (Algún día voy a hacer un mapa con todas mis intolerancias y sus orígenes).
  Muy bien. Hasta ahí todo claro. Cuando los profesores dan permiso a los alumnos para salir, equívocamente dejo pasar a algunas personas. Después me escurro entre otras y logro llegar al patio. Una vez en el patio corro. Corro dejando atrás la gran materialización de la estupidez. Y yo, para sincerarme y dejarme de romper las pelotas, aviso, no pienso como muevo los ojos. Levanto las cejas, los abro, los cierro aparentando un declive. ¿Por qué un par de ojos pueden determinar el estado anímico de un ser humano? (digo ''un par de ojos'' para confundir). Los ojos están viendo el desastre, no canalizándolo. O así me gustaría pensarlo. Porque cuando duermo no significa que esté cansada. Yo nunca me canso. Sólo cuando quiero abandonar el mundo, y regresar a mi hogar. (Para mí se ''regresa'' al sueño y se ''abandona'' el mundo).
  Entonces quedamos en que corro. Yo sé que hay determinados seres vivientes, humanos, humanísimos, personas quizás, que leen este blog. Esas personas son testigos de mis corridas hasta ese lugar extraño al que quiero llegar. Bueno, les informo, no quiero llegar ningún lado. Sólo corro porque me quiero ir, no porque esté apurada en llegar al paraíso. (El paraíso para mí es el desconcierto de no saber). Y ese acto repetitivo que ejecutan mis pies al momento de correr, es una manifestación.
  En esos momentos pienso en estos textos inútiles, inservibles, que me hacen tomar cada vez más conciencia de que no tiene ninguna importancia llegar al mundo. No quiero terminar como Céline, diciendo que la muerte es la recompensa de la vida; por el hecho de que no tengo ganas de morir. El que tiene ganas de morir desconoce el mundo. Pero yo lo conozco ''más o menos''. Entonces no sé qué mierda hacer. Si hago esto pasa esto, si no hago esto no pasa esto, si no pasa esto pasa esto y todas las combinaciones posibles (solo me faltaba una, como en esos ''etc.'' al pedo). El mundo es un quilombo. El único enigma es el futuro. Me gustaría que el enigma sea el pasado: es decir, un mundo con un montón de gente con amnesia y con capacidad para predecir el futuro. Genial.Total, ¿de qué nos sirve el pasado? El pasado no sirve. Es basura. 
  Una vez me dijeron que se ''ahogaban'' en mis reflexiones. Gracias a ese ser humano (ser de la especie humana es una enfermedad como cualquier otra), comencé a pensar que yo perjudicaba a la gente con estas bazofias acerca de la vida, la muerte, el tiempo, etc. Y entonces empecé a seleccionar mejor las bazofias que publicaba, traducido para ustedes como hacer ''bazofias mejores''. (Yo sigo escribiendo pelotudeces, pero no las subo al blog). Me arrepiento de la mitad de este blog. Si me dieran la oportunidad de salvar cuatro textos elegiría tres. Todas las cosas que escribí son lamentables y propias de una chica aburrida, depresiva e incapaz. Esa es la peor. In-ca-paz. (Odio cuando separan en sílabas, parecen creer que llegamos a un nivel de pelotudez insuperable; y es así). Una vez, en medio de una filosofía barata, divagaciones, algo así, me preguntaron adónde quería llegar. Wuau. ¿Adónde carajo quería llegar? Y pensé, y pensé, y pensé. ¿Adónde? Saben adónde quiero llegar: A ningún lado. Y si ven que en vez de correr camino, no duden en preocuparse.

Adiós.

lunes, 22 de julio de 2013

Pastillas

   Qué cosa rara son las pastillas para la memoria. Parecen contener el pasado. La gente las traga porque olvidó. Pero yo, que no olvidé pero que sin embargo quiero recordar, ¿puedo tomar una pastilla?
   Para mí la memoria, me corrijo, no es sólo el pasado. No creo que nadie quiera tomar una pastilla para comprender el pasado. La gente la toma para comprender el presente. (¿De qué sirve el pasado suelto?).
    Recuerdo que de chica había visto por el barrio de Pacífico, en una parada de colectivos, una publicidad de Memorex. Cuando le pregunté a mi papá qué era Memorex, él me respondió que era un remedio para los que se olvidaban de las cosas.
   Mi infancia era nueva. Y junto con mi infancia venían todas las cosas. Todas las cosas eran nuevas. Me pregunté cómo podía pasar que una persona se olvide de las cosas. Pasa un auto, todo rojo, lindísimo, el que siempre deseaste con anhelo, lo vés, lo disfrutás mientras transporta la alegría de otra persona en sus cuatro ruedas fluidas; y después te olvidás.
   Y mi mente ideó un plan para ese ser imaginario: tomaba un Memorex, y el recuerdo le volvía,: pero el auto era azul, y lo odiaba. Sólo le devolvió el recuerdo del auto, que estaba divagando por su memoria. ¡La memoria! Era allí donde se administraban los olvidos. Pero por qué una persona que había olvidado tenía que tomar el remedio, ¿no lo podía tomar si quería recordar?
     
    Las personas que lo tomaban tenían un deseo y una necesidad de recordar. Entonces recordaban. Entonces no habían olvidado. ¿O tenían un deseo de no olvidar? ¿Pero cómo sabían que había algo que valía la pena no olvidar?
    León Gieco decía (con una mirada histórica, pero que se puede simular de algún modo como una ''historia personal'') que todo está guardado en la memoria. Que la memoria humana es un archivo. Que de ahí se extrae todo. Que todo, una vez hecho, pasa con una fluidez automática a la memoria. Y que ahí se queda y cuando se quiere se usa, para el bien de nosotros mismos. Eso quizás es recordar. Y León nos advierte que no olvidemos, mientras su canción está recordándonos a modo de advertencia para no olvidar. Lo cual hace pensar: ¿al recordar algo estamos llevando a cabo la tarea de no olvidarlo? No. Para mí la memoria es siempre no olvidar.
     
Epílogo:
     
     Unos meses después de la aparición de la publicidad fui al teatro. La obra trataba sobre dos personas que estaban en una búsqueda, de las cuales una perdía la memoria. La persona ''sana'', se preguntaba a cada rato, haciéndole entender al público infantil el conflicto de la historia, qué podía hacer para solucionar el problema de su compañero. Yo pensaba, distrayéndome de la obra, qué posibilidad ideaba cada expectante para esa solución inmediata que yo le encontraba a la historia. 
     Y entonces, cuando el personaje se preguntó por última vez que podía hacer para solucionar el problema; yo le comenté a mi papá mi solución, lamentablemente realista: tomar un Memorex. 

Texto por Solange Rim.       

miércoles, 17 de julio de 2013

En busca del tiempo encontrado

    Hay silencio. Todo duerme, nada despierta. Los objetos que la tarde va transportando en paquetes, son las hojas y las hojas, llenas, de historias.
   Muchos objetos no representan nada. Millones permanecen, ninguno se mueve. Quizás, de tanto en tanto, una persona aparece. Y se va, y vuelve, porque nunca se fue; se pasea por los pasillos de mi departamento, volviéndolos más pequeños aún, tal vez quitándoles su gracia. Todo está quieto, todo tiene forma, de esfera.
Nadie entiende lo que pasa, porque nadie quiere entender, porque todo está diluido en un solo momento.
    Porque los pedazos restantes de la vida se van acomodando, forman un tráfico en mi interior. Sólo las cuatro paredes entienden el declive de las migas que estoy tirando al comerme. Teclas, teclas inciertas del piano que toca el vecino. Todo está pasando ahora. No existe un piano, sólo existe un vecino. La calma que bordea las terminaciones de las tazas se toma. No hay ruido en ese pozo redondo de absoluto silencio. La taza, el vaso, la bebida. Todos con un fondo, todos finitos como nuestras vidas. Me veo dibujada en una mano, soy yo, o soy lo que quiero ver de lo que veo. Selecciono lo que quiero ver. Me fragmento. Me asusto. Mantengo un equilibrio en las frases; todo su justo valor, un muro de mis brazos, un tecla más del piano que no se ve. Incansables notas se dividen entre mis rejas. Se modifican tanto como yo al entrar en la vida. Crueles silencios me resulta fácil vivir. Expulsar la vida por tantas palabras. Quiero ser como las muletas de los portarretratos todos enfermos, que los sostienen en las mesas, esa pata trasera que los ayuda invisiblemente. Y siento que estoy sosteniendo mi vida. Yo soy el sostén de mi propia vida.
    Agua que se calienta con lentitud en algunas casas, haciendo aparecer todo, mirando la gente se empaña de universo. Qué lejos están esos patios de entender, en los que la felicidad brota como plantas. Dónde se encuentran todos los rastros de baldosas organizadas en un gran rejunte de esfuerzo lindo. Qué quiero yo de este departamento que solo mira los más grandes. Los admira. Silencios espantosos que en otras casas no hay. Las casas construidas por familias que quieren. Qué silencios construye el mar que no se ve. Si quiera una punta un hilo de ese mar puedo conseguir en este infierno de las cuatro paredes. Entiendo que las ciudades disimulan el cielo, y qué podemos esperar de un mar.
    Debo tener en cuenta las palabras. Todas juntas, lo que hago lo que lloro. Nada. Sinceramente sólo quiero sentarme. Cuando escribo estoy parada. Mirarle los hombros a la desesperación, qué es la diversión y dónde se consigue. Sal y azúcar poseen las cosas que quiero. Están en desequilibrio constante y son como notas inexistentes, ausentes en cualquier metodología. No sé, no sé si estoy diciendo las cosas bien pero no me importa; porque esto no hay que entenderlo. Hay que leer como se respira. Hay que vivir como se respira. Y qué difícil es abrir las cajas y encontrar cosas. Desde marzo yo las encontré todas vacías. No voy a poder con la felicidad porque no existe. No quiero inventar lo que no existe. No, no, expulso. Las cosas que regresan a ninguna parte se intercambian por tiempo. Cuánto extraño poder olvidar. Tiempo, todo es una eternidad. Fiel esperanza de que el tiempo no es eterno, para nadie. Que todos vamos a morir como coetáneos en una misma jaula de encierro. Olor a encierro. Estas cuatro paredes encierran más encierro que el encierro mismo. Quiero juntar piedritas en el mar, devolverlas después buscarlas hasta no encontrarlas. Perderme en la arena como hacen los insectos que viajan en ella, y que cubrimos sin piedad con más de su ruta. Quiero no entender nada es la vida ajena, quiero confundirme, no preguntar, no responder. Absolutamente nada. Quiero la duda, siempre permanente, que elimine el tiempo. Diversión. Mi diversión es no saber. Y como un verbo se van liquidando las cosas que me quedaron. Sólo una alfombra que esconde de bajo todo, nadie la abrirá, nunca. Jamás en este vida las luces abrirán el polvo. Silencio. Las hojas dejaron de moverse.


Texto y foto por Solange Rim

martes, 16 de julio de 2013

Viaje

   La valija tenía una diminuta porción abierta. Cerrarla era difícil, pero por suerte ese día tenía las uñas largas. La campera estaba a su disposición, pero sin embargo sentía que cuando el taxista toque el timbre no la iba a encontrar. Y así fue.
-Hola, taxi.
-Sí, ya bajo.
    Su cabeza retrocedió unas veinte acciones hasta que localizó el punto exacto de la campera. Satisfacción. No era normal en él, y por eso un escalofrío de perfección le bordeó las piernas.
    La hora en que estaba parado nunca la había conocido. Era demasiado gris para su gusto, e intuía que nadie estaba despierto. Ese pensamiento era más gris aún, ya que no podía compartir con nadie el hecho de que era gris.
    Nunca había sentido tanto la llave al abrir la puerta. Un giro, un ruido, lo que estaba del otro lado. Y bajó con las rueditas  marcando un ritmo. Sabía que ese ruido podía despertar a alguien, y de hecho intentaba evitarlo; pero en cada intento redescubría que era inútil.
     Llegado el final de la escalera el golpe más brusco de la valija lo esperaba: el de tierra firme. Vio al taxista y no era como se lo había imaginado. El hombre le preguntó si quería poner el equipaje en el baúl. Él le dijo que sí, pero antes se fijó que no estuviera abierto. No lo estaba, pero de todas formas sentía que se iba a abrir en el camino.
     Una vez en el asiento comenzó a mirar inconteniblemente el relojito. Creía tener la capacidad para manipularlo, para controlar el precio que aumentaba con un criterio que desconocía. Sin embargo pudo distraerse, aunque sintiendo dolor. Como había un objetivo enfrente la duración de los minutos era más prolongada. Pero pasaban.
     La ventana del coche se iba congelando y cayendo en un proceso de contemplación. Más allá de que la ventana era transparente el hombre no veía lo que había tras ella, sino la materia de la ventana en sí misma.
     -Creo que dejé la pava prendida-dijo.

Texto por Solange Rim

domingo, 14 de julio de 2013

Breves reflexiones sobre cuando salgo al mundo.

      Cuando salgo por la calle a pasear no me entiendo. No sé qué estoy buscando. Probablemente nada. Eso me apura aún más. Corro, me tropiezo. Siento mis venas batiéndose, aplastándose. Siento que alguien me está persiguiendo. Y tomo un colectivo cualquiera. Pero esa persona aún sigue ahí. Y la persona que me sigue soy yo; me vengo siguiendo desde que tengo libertad para que el viento de la ciudad bañe mis dientes cuando me río. Permanezco en ningún lugar. O se podría decir que permanezco, pero en todos los lugares.
     He vuelto mis sentimientos un instrumento portátil, de tortura. Creo que si no tuviera sentimientos podría viajar, sí, libre, sin depender del impacto que me generarían las cosas, soy demasiado sensible, el mundo me lastima, esquivo las cosas fuertes, me dirijo a lo básico, no pido ayuda porque no la necesito y viajo, viajo adentro mío, en mis adentros confundidos de tantos líquidos extraños que mi exterior no explica, en mi cabeza de jabón que se desvanece. Quiero ver el mundo, quiero barrer sus impurezas. Deseo morir en las páginas de un cuaderno, babear las palabras mientras agonizo, dulcemente, en mi cama que es sólo un colchón. ¿Dónde está la gente que hace bulto? ¿Dónde está el relleno de las cosas?

    Mis dos dedos favoritos en forma de círculo siempre calzan la luna. Por eso mis dedos dejan de parecerse a mis dedos y comienzan a mutar el relleno de la luna. Un blanco pequeño, que nos mira mientras nosotros pensamos que es chico. Flotando. Me entra en el cuerpo un calor cuando me doy cuenta de que estoy flotando, cuando veo que la persona que me vigila se aleja y yo subo el cuello y la miro, se va despidiendo, mi cabeza impaciente la sigue y no la quiere perder, se va, voy quedando sola, se empieza a ver el mundo, redondo, y yo, yo desaparecí.


Texto por Solange Rim.

domingo, 7 de julio de 2013

Charly García (una noche de cuadernos)

  Para mi cumpleaños recibí cuadernos. Me encantan los cuadernos, y creo que son el objeto más noble del mundo. Lo que pasa es que los cuadernos que me regalaron vinieron sin contenido, y los tengo que llenar yo. Eso me alegra y por otro lado me entristece. (Es muy obvio lo que digo, ya sé). Me entristece porque sé que me veo obligada a llenar seis cuadernos, y a escribirles cosas que, por ser tan lindos cuadernos, no merecen tener adentro. Lo único que me salió fue una metáfora muy a lo César Aira. Eso es bueno, digamos, porque el tipo es un autor excepcional, pero a mí no me convence. Los cuadernos me obligan a desprenderme de mi estilo y no sé por qué. Será porque su belleza es superior a mi inventiva literaria.
  A las doce y media de la noche, una hora en la que es aceptable reflexionar, después de haber caído en el baile de mi escuela unos quince minutos antes de que terminara, me vi obligada a pensar si mi cumpleaños aún había quedado flotando por la cabeza de alguna persona. Y no me molesta decir que bueno, que todo concluye y que un día es suficiente para celebrar; pero a veces sufro esas inquietudes metafísicas al estilo de: ''Alguien en el mundo piensa en mí''. Una canción de Charly, medio chota. Empieza con una chica que le dice a García: "Y tal vez tu auto chocó la otra mañana y recién extrañarás a tu perro el día de su cumpleaños". 
  Estrené uno de los cuadernos a la madrugada, poniendo esto:
Me gusta imaginar que, después de todo, alguien en el mundo piensa en mí. Es una canción de Charly, y la frase te pone en una dimensión diferente, una ubicación en el planeta cuyo lugar quizás no vale tanto. Somos muchos, y todos nos pensamos. Creo que el enigma de Charly se puede descifrar fácilmente: nosotros siempre pensamos en nosotros mismos. Ese alguien en el mundo somos nosotros. Siempre. ¿Qué más queremos?
  El tema sigue:
''Yo se que no soy culpable 
Yo se que ahora soy feliz 
Yo se que quería que alguien 
Alguien en el mundo piensa en mi''
  Me lo imagino al tipo queriéndose acuchillar, pero teniendo una esperanza. En esas circunstancias intento multiplicarme: me vuelvo dos personas, una soy yo y otra me acompaña. Y esa persona que me acompaña ni siquiera piensa en mí. Por eso estoy en una constante lucha con las cosas. 
''Yo se que soy inbancable 
Yo se que te hice reír 
Yo se soy insoportable 
Pero alguien en el mundo piensa en mi''. 
  Y en esa parte de la canción se acaba lo que a mí me interesa poner en esta entrada irracional. 


Texto por Solange Rim

viernes, 5 de julio de 2013

La filosofía barata

   Estoy cruzando la calle, inconsciente de las cosas. Tengo miedo de que los autos se reactiven y yo esté todavía en ese túnel manipulado por semáforos. No quiero llegar a ningún lugar; sólo sé que la vereda de enfrente es más interesante. Quizás porque allí hay más gente. Pero ¿por qué la gente hace más interesante un lugar? No sé. Es raro ver cómo un colectivo transporta gente sobre el piso que la gente construyó. Nosotros mismos nos estamos perjudicando. El hombre inventó el auto, el hombre inventó el tránsito. ¿Para qué inventamos cosas como el tránsito, que después nos impiden llegar a los edificios (también invención nuestra)? Nos estamos complicando la vida. Nosotros ideamos la sociedad para que todo ser humano que caiga en ella sufra lo que está mal, lo que está bien, para que se pudra en el sistema y que vuelva todo perforado a la casa, lleno de lágrimas, lamentándose por lo que le pasó (creo que ese mito del pasado también lo inventamos nosotros), con las piernas todas retorcidas. No le estamos haciendo ningún bien a esa persona extraña que no nos importa, y sabemos que en cada acto sólo estamos alimentando el sistema social para que más gente sufra; pero seguimos contribuyendo, ayudando a que todo sea mejor (mejor significa peor).
  No sé si estoy para decir que todos somos unos grandes masoquistas. Pero, todos somos unos grandes masoquistas. No lo admitimos, pero cuando la pasamos bien sufrimos un poco ¿sino, por qué la estaríamos pasando bien? Siempre se sufre. No hay momento en el que no. La felicidad es sólo una tristeza neutralizada. La gente vive nadando dentro de su propio jugo, intentando reconstruirse y quizás salir al mundo. El mundo no los espera, el mundo no los espera.
   Como decía, estoy cruzando la calle. En la vereda de enfrente hay personas que se mueven sobre baldosas. Espero que alguna de esas personas pise una floja, una desigual; eso va a determinar su desigualdad personal entre todas los demás bultos restantes. Somos como bultos: no nos percibimos, nos cosificamos los unos a los otros, no nos importamos, compartimos millones de cosas y no nos damos cuenta, sobrevivimos en un mundo que desborda de humanos y sin embargo nos soportamos, porque no sentimos, no vivimos, no interactuamos. La vida de las personas que van caminando se modificó con la llegada de los objetivos claros: ‘’Ahora caminás para acá, ahora vas para allá, no te podés distraer, tenés que llegar’’. ¿Por qué? ¿Están apurados? ¿Qué cosas pasaron para que tengamos más cosas para hacer? Mi vida en cambio es aburrida, en mi vida no pasa nada, yo solo vivo ejerciendo una tarea que es caminar, tener intereses, sólo eso, de vez en cuando preguntarme algunas cosas, vivir. Mi vida consiste en vivir. ¿Cuántas veces habré visto una pintada ricotera que diga ‘’Vivir solo cuesta vida’’?
  La gente piensa que la vida equivale a la muerte. Si vivís te morís. Es cierto, es cierto. Pero ¿hay algún apuro en el medio, hay algo que nos impulse para llegar más rápido a la muerte? ¿Será nuestro objetivo, cuando caminamos apurados entre los barullos de la ciudad, hundidos en nuestros propios corazones, llegar al destino de la muerte?
  Creo que la vida se puede lentificar. Uno debe detener el tiempo con los instantes; porque quien no tiene instantes, no tiene tiempo general. El tiempo general se suprime con los instantes.                         
   Vamos a suponer que el tiempo es basura: entonces uno lo va tirando a un cesto, después quita la bolsa y la traslada a un cesto más grande. Como en un acto definitivo y secreto que expulsa la vida cotidiana de las personas, el portero retira la bolsa y la pone en la calle. En la vía pública la basura se expone a los humanos, y hay determinadas personas que la necesitan y que por eso hurgan en ella. Llegado el momento pasa un camión, retira la bolsa, y la mete en esos mecanismos que mastican la peste como degustándola. Después todos los deshechos se entierran.

   Bueno, los instantes felices de una persona meten al tiempo en ese proceso de olvido. Los instantes no son purísimo presente. En los instantes confluyen el pasado, y fundamentalmente el futuro. El presente es solo la ilusión. Claro, para alguien que no se atreve a bucear en lo profundo de la vida el tiempo es simplemente una plataforma. Pero para algunos, los desgraciados, los que llegan a su casa con las piernas retorcidas y con lágrimas, el tiempo pasa y es un delincuente suelto. A mí el tiempo me preocupa, y no es lo que me sostiene. Lo que me sostiene es la escritura, el té, la vida. Qué se yo. No: soy yo la que me sostengo ¿qué va a ser?


Texto por Solange Rim.

miércoles, 3 de julio de 2013

lunes, 1 de julio de 2013

Descuido de las paredes


Extraña que fui
cuando vecina de lejanas luces
atesoraba palabras muy puras
para crear nuevos silencios.

Alejandra Piazarnik


La sombra se adormece
y vuelve a su cama de mundo.

El mundo le tiene desprecio 
a la sombra
y por eso la deja negra,
desigual. 


El gato suelta sus ideas de líquido
en forma de sílaba igual.
Se arrepiente y tira otra
al vacío.
Sus palabras se van perdiendo
entre la gente,
y su sonido retumba,
en algunas orejas.
No sé cuándo será el próximo.


Una vez mi papá me advirtió del olvido. Me dijo que las personas se podían olvidar de las cosas. Y a mí me resultó raro, porque nunca me había olvidado de nada. Fue entonces cuando decidí hacer el intento de olvidar algo. Pero no pude. Porque no tenía nada que olvidar. 
Nunca olvidé el momento exacto en que mi papá me advirtió del olvido.


Textos por Solange Rim 
(a excepción del primer poema).

Más sobre ventanas y cosas que no son.

  Mira desde la ventana. Se está cambiando, es el cuarto, no hay otra opción más convincente. Una lámpara de papel brinda una iluminación roja, como el papel, y es demasiado inútil porque no cumple su función. Se ven las puertas de un armario, de esos armarios que están unidos a la pared y que son parte de ella. Se escucha un chirrido cuando los abre, y después los cierra, con las mangas de una campera haciendo presión. El armario se abre y ella se enfurece. Tira la remera, se ve el color de su piel; se ven un par de lunares, todos sucesivos, siguiendo una guarda, perfectos. Con las manos libres fuerza más las mangas para que quede bien cerrado. Lo logra. Se nota que la razón por la que quiere mantener cerrado el armario se debe a una molestia visual, que le impide desarrollar sus actos. Toma la remera del suelo. Se la pone. Enciende y apaga varias veces la luz, y la iluminación rojiza aumenta, desciende, transforma los pocos objetos perceptibles que deja entrever el vidrio. Las rejas de la ventana sólo permiten dejar al descubierto porciones de la imagen perfecta que se ejecuta. Peina sus cabellos con la mano. Parece ser esto una molestia también, porque a ella, según aparenta, no le gusta que le toquen el pelo; y lo peor es que se está molestando a ella misma, y que no encuentra motivos para molestarse más que la ausencia de un peine, que, según se queja, era rojo; porque ¡¿dónde está el peine rojo?! Lo dejé acá, hace dos segundos, en esta clínica no te dan ni un peine de mierda, es todo una mierda, todo. Y en eso la mujer se da cuenta de que hay un hombre mirándola desde su ventana del edificio que está enfrente de la clínica, está observando su enfermedad, se está riendo, es infantil, tiene una curiosidad de niño y la mira extrañado. Y ella baja la persiana. Pero esta queda levemente abierta abajo, y sólo se ve el debajo de las cosas. Y el hombre, sobresaltado, baja por las escaleras de su edificio hasta la puerta de la clínica. Y ve todas las ventanas, y ve que el único relieve que presenta la pared de la clínica son los profetas exteriores de los aires acondicionados. Y hace una cuenta estúpida, que según él le permitirá descubrir la ventana de la mujer, y dice ¡es esta, no hay otra opción! Y se adueña de esa ventana para siempre, sin saber el contenido que se esconde detrás de sus vidrios. 


Texto por Solange Rim

viernes, 28 de junio de 2013

Aplastamiento de las gotas

  Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. 

   Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.


Texto por Julio Cortázar

jueves, 27 de junio de 2013

Explicación falsa de mis cuentos

  Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debe esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.


lunes, 24 de junio de 2013

Las sillas

     El ambiente no es calmo. La gente no es calma. Todo se mueve, todo progresa. Lo material se va poblando de sustancia, nada queda que no esté contaminado. Una tarde entera de milagros, un recuerdo que viene, que se va, que regresa. Todos los días tienen un domingo escondido, todas las semanas comentan entre sí lo que les hicieron a sus protagonistas. Todo se va desmoronando, todo va cambiando de tono, todo se va entristeciendo. Los cuerpos no encuentran rincones, las paredes son chicas, nada se puede repetir. Veo el contorno borroso de todas las cosas, cómo se van apilando palabras, cómo se van uniendo los desórdenes para formar, quizás, un nuevo orden. Las sillas son solo objetos, sólo madera. Nada se puede apoyar en ellas, no, los sentimientos quiebran la madera, y nada resiste. Todo lo que toco se quiebra, se desmorona lento, se agrieta, se confunde. Varias cosas son de un material maleable, que funciona, que es paradisíaco para nuestras manos espías de los objetos, que buscan pliegues en las sábanas, minúsculos laberintos en los sillones, ¿para qué?, para entretener a nuestra mano, y que dialogue con las cosas, y no con nosotros, diciéndonos yo quiero tocar tal cosa, yo quiero tener tal cosa, yo quiero agarrar. Y las manos no pueden agarrarse a sí mismas, les hace mal, no pueden, no llegan, no tienen, no lo intentaron porque saben que no pueden porque no, no les alcanza, no, no pueden. Yo me siento como una mano que se quiere agarrar. Y sin embargo voy mirando sillas por las vidrieras, mientras todo se oscurece con mis breves observaciones que no precisan mucho para seguir de largo y decir ya está, no hay más que ver; pero después me quedo con las ganas, y retrocedo, pero las cosas ya no están, no, no son las mismas; siempre, siempre algo diferente les veo en cada vez. Y entonces digo: Las cosas que ví ya no existen, se fueron. Pero lo cierto es que no, que por más escueta que sea mi observación, los objetos permanecen, en un puerto imaginario de mi mente; no, no es el vidrierista quitando los productos, soy yo, de eso estoy segura. Pero no logro concentrarme, todo es inútil, retroceder es inútil. Pero lo bueno de retroceder acá, en la cuadra de los vendedores de sillas, es que me hace pensar que se puede retroceder en la vida. Pero no, porque en la vida no se puede retroceder, siempre hay que estar seguro del paso firme, ese que es el definitivo; y en cambio acá, en esta cuadra, yo creo que puedo volver atrás en el tiempo, volver a ser yo, sólo que doce segundos antes; y puedo incluso arrepentirme de lo que hago, caminar, volver atrás, sonreír, después volver a amargarme y lo que sea. Y eso en la vida no se puede, no se puede retroceder. Siempre estoy buscando el modo de hacerlo, pero esta cuadra es la única que me concede el deseo; y eso es lo que me encanta, ésa es su particularidad. Me encanta, es hermoso. Puedo hacer lo que quiera, me siento  en un lugar en el que puedo instalarme horas, y si quiero puedo volver a hacer tal cosa, y rehacerla, hacerla pero mejor, sí, lo que quiera. Me siento feliz, rodeada de sillas.

Texto por Solange Rim. 

domingo, 23 de junio de 2013

Lugares

Poemas breves.


Casi siempre redescubro
de a fragmentos
la belleza de la vida. 

.

Cubriré de plástico
mis sueños de alcohol aromático
y los enviaré a todas partes,
para que callen sin mí.

.

Y aquí estoy,
en la salida que se desdibuja
y que borra
cubriendo 
la entrada.

.

Qué estruendo provocarán
los milagros que se deshacen
y que cada día
ya no son milagros.

.

Quiero olvidarme de las cosas,
callarme decir ''las cosas''
sin pensar en la vida y concentrarme
en la materia de la vida y huir
de sus escombros locales esquivos.


Texto por Solange Rim.

viernes, 21 de junio de 2013

Sylvia von Harden

 
  Su impaciencia dialoga con su boca, oscura, por la que salen palabras sin importancia, rojas, que se mezclan con el humo, mientras dibujan la pared. El mármol frío de la mesa le roza la rodilla, su rodilla permanece fría hasta que vuelve a una temperatura normal. De vez en cuando bebe de su copa, y la pintura de sus labios queda incrustada al vidrio, que luego se despeja con el fluir de la bebida alcohólica, desconocida, que le baja por el estómago en breves fragmentos.
   Su cuello es frágil, y todos le temen. Lo quiere cubrir, para que los demás lo entiendan. Sus dedos largos e ignorantes quieren permanecer encerrados, sin tocar ningún objeto, en una celda imaginaria, mientras ella frunce los nudillos, para que no escapen y rompan todo. Está recordando un viejo crimen, una amenaza vieja, está recordando. La pared de enfrente está ausente porque en ella se ve reflejado un olvido forzoso, que intenta empañar cualquier recuerdo. La tela de su ropa va sufriendo abreviaturas, y ella imagina, en la pared, cómo se van sintiendo las cosas que pasan, rápidas, sin tener percepción alguna. El humo del cigarrillo ahora le tiñe la cara de blanco, pinta en su rostro ligeras líneas, acecha y le advierte que no intente olvidar. No, no es más que un recuerdo.

Pintura de Otto Dix
Texto por Solange Rim

miércoles, 19 de junio de 2013

El contorno de todas las cosas

    Era raro ver cómo todo se inyectaba en las personas, cómo ellas le temían un poco a la aguja que les iba a clavar sentimientos, y durante el instante sentían un dolor, y cerraban los ojos, pensando que todo se arreglaba con cerrar los ojos, y después la enfermera retiraba el pinche y listo, se acabó, pero el dolor seguía, y por lo general te ponían una gasita con cinta, y te preguntaban si te había dolido. Lo malo es que los humanos no tenemos la capacidad de preguntar ¿te dolió? y después arrepentirnos y mentir un poco: no te preocupes, que fue una aguja muy finita, imposible que te haya dolido tanto. Y la gente se inyectaba entre sí amor, odio, razón. Pero ninguna enfermera era consciente de lo que estaba inyectando. 


Texto por Solange Rim

lunes, 17 de junio de 2013

El hombre que vendió el mundo

   Un hombre, decidido, fue hacia una inmobiliaria. Allí, dijo que quería vender el mundo. Le preguntaron de cuántos metros cuadrados estaba hablando, y dijo una cifra. Una cifra larga. ¿Cuántos ambientes tiene?
El hombre dijo otra cifra, quizás más chica. Le preguntaron si la propiedad estaba habilitada para uso comercial. El hombre respondió que sí, que tenía habilitación. 
   Los empleados le dijeron satisfechos que llene unos papeles. Antes, hablaron de un precio. Se regateó  por un número más alto, más bajo, intermedio, igual al del comienzo de la discusión. Se logró una inestable decisión que ponía en venta al mundo en un par de dólares. Esperen, dijo el hombre, ¿no puede ser en pesos? Los de la inmobiliaria le dijeron que no. Suspiró cansado. A fin de cuentas, murmuró, este trato no me cierra, creo que será mejor dejarlo para otro momento, además, en el paquete del mundo viene incluida la gente, gran molestia, gran molestia. 

  Agarró su maletín, y se fue sin cerrar la puerta. 


(Inspirado en la canción de David Bowie ''The man who sold the wordl'',
popularizada principalmente por Nirvana).

Texto por Solange Rim

viernes, 14 de junio de 2013

Clínica.

    En la mesa había dos médicos. Los dos tenían uniforme de médicos, y parecían médicos, y tenían como manos aromáticas que sentían los cuerpos de un modo diferente, buscando lo malo, y agarraban el café queriéndolo curar, como examinándolo, buceando en el líquido, concentrados en la taza, diciéndole a la taza ya están listos los estudios, ya están, pase a retirarlos por el consultorio tres, sí, en el pasillo a la derecha, siga de largo, taza, que allí está la cura, y su café, sí, dígale al café que vaya con usted, no, mejor no, espere que lo consulte con mi colega, porque quizás el médico del pasillo a la derecha no quiere acompañantes; sí, me dijo que sí, vaya no más, camine, camine que puede, taza, no olvide los estudios, las radiografías, sí, manténgalas en el sobre, que no se pierdan; sí, mi colega dice que está en perfecto estado.
   Y las manos de los médicos, que solo pretendían salud y no toleraban enfermedad, en la mesa marrón del café de la clínica sólo admitían cosas humanas. Y no tocaban porque sí. Siempre, siempre con una explicación. Y a la gente le daba pánico, sí, esas manos todas llenas de pelos negros que desbordaban, limpias, con olor a alcohol, tocaron tantos cuerpos, tantos, sólo humanos. Y las manos de los médicos presionaban superficies prohibidas, amenazándolas con la salud próxima pero aún lejana, y el médico le decía a la taza adiós. Y la taza salía de la puerta del café, y se despedía.
    Y en eso un hombre observaba desde la ventana del pasillo la confitería. Creaba un panorama que suprimía opciones, eliminándolas, con la frente en el vidrio, acumulaba sudor en la transparencia, se movía, estaba inquieto, no quería mirar pero veía, veía a los médicos, todos blancos con sus uniformes, y pensaba por qué están ahí. Y pese a la poca gente que había, un muchacho humilde en el mostrador limpiaba el mostrador, lo único que se ensuciaba. Porque las mesas eran todas permanentemente limpias, nadie les echaba mugre, porque nadie en esa clínica tenía fuerzas para ensuciar, si quiera.  Todos estaban tristes, porque no encontraban motivos por los que estar felices en una clínica. Y sólo una noticia los ponía contentos. Y si esa noticia no llegaba tristeza eterna. Y entonces no había nada que limpiar.
     Ninguna de las personas percibía la situación, todos creaban dibujos distintos, apartados, y los leían en silencio sin letras. Todos pensaban que se percibían mutuamente, pero ninguno se percibía. Pero todos creían que se percibían.
    En los pasillos había ventanas. Un camión pasaba, con una carga desconocida, y hacía ruido, y anunciaba cosas, y los pacientes y los familiares de los pacientes se ensordecían, señal insalubre, en el hospital no todo es salud, nada es salud, en el hospital están los condenados, los que ven poca luz por las ventanas por las que se escuchan camiones que gritan. Camiones, que hablan. Camiones que publicitan su existencia y que creen que ésta no basta para nada. Nada. Nunca. Solo se necesita la existencia, solo eso. Nada más. Y en eso, el muchacho caminaba por los pasillos buscando algo, y no sabía por qué puerta meterse, no la encontraba, pero trabajaba ahí todos los días, y no la encontraba, y se desesperó, comenzó a cegarse, a manifestar un odio hacia las cosas, a cegarse, a pretender, a marearse, no la encontraba, ese día nada estaba a su alcance, y no encontraba la puerta y pensaba que todas las puertas eran esa puerta y las abría, para confirmar que no eran. Y después se dio cuenta que no buscaba ninguna puerta, que su deseo al entrar al pasillo era otro, y no entrar en una sala; sólo, sólo un balde. Quería encontrar un balde para limpiar la confitería, que ya estaba limpia, pero que tenía que limpiar igual. Y eso lo enfurecía, y le hacía buscar las puertas. Y se dio cuenta de que quizás no buscaba una puerta, sino un lugar en donde refugiarse, y permanecer sin limpiar nada. O bien un lugar en el que esté todo sucio, así, por lo menos, estar en la clínica tenía algún sentido. Pero no. Halló el balde, que estaba al lado de una ventana. Y el también escuchó los ruidos del camión que anunciaba, vendía cosas, promocionaba su existencia. Y el ruido lo asaltó y soltó el balde. Volteó, la ventana opuesta tenía vista al jardín. En ese jardín vivían millones de plantas, de florcitas, todas con tonalidades distintas, disfrazaban. Eso le hizo olvidar el ruido, que de a poco se extinguía. Y despacito fue acercándose hacia la confitería, y vio a los que esperaban, tranquilos, no se daba cuenta de qué esperaban, pero esperaban, y eso era notable, y esperaban cosas que no se sabía qué eran, tal vez la vida tal vez la muerte, eso nunca se sabe.

    Mientras tanto los médicos, que no se daban cuenta de nada, apartados del mundo, dejaban de ver a la taza como objeto de observación. Entonces pagaron, y el empleado les dijo que no, que por solo una taza no les iba a cobrar, y ellos dijeron que de ninguna forma, que esa taza había sido paciente de ellos y que les había sido de gran utilidad. Pero el hombrecito se les negó, y dijo que ellos eran los únicos que mantenían viva esa confitería, y que se fueran sin pagar, que no importaba por hoy. Pero entonces los médicos dijeron que con más razón, que si eran los únicos habitúes tenían que pagar, porque además la confitería era linda. Y en eso cae en la sala llena de mesas limpias el hombre que estaba mirando todo desde el vidrio. Les dice a los médicos que qué bueno que terminaron, que no los quería molestar, pero que no sabía en dónde quedaba la sala de espera de su consultorio. Y ellos le dijeron que hoy no atendían, que solo estaban ahí por un motivo laboral que no tenía nada que ver con la muerte. Pero el hombre insistió, y dijo que necesitaba hablar con ellos, que era urgente. Y entra otro empleado, y le dice al humilde que se vaya, que ya no hay nada para hacer, que el jefe les dijo que por hoy basta, que ya son muchas horas en esa clínica de mala muerte. Y entonces los dos médicos se retiran, y se dicen un par de cosas en lenguaje técnico, y uno, que es fanático de las palabras, acaricia durante el viaje por el pasillo a la recepción las paredes, le gusta acariciar paredes, con sus manos sabias. 


(Transcurre en la clínica San Camilo, la que está por Ángel Gallardo. 
Por los pasillos pasan monjas, muchas monjas).

Texto por Solange Rim

martes, 11 de junio de 2013

Sin peso es mejor

  Una buena tarde (digo ''buena'' como si se tratara de una insistencia en todas las tardes anteriores) el señor asterisco miró el cielo preocupado. En la calle no había nada para hacer, en el mundo no había nada para hacer. Su cuerpo era sencillo y débil, y todos los días se veía condenado a transportar bolsas de supermercado que le dejaban marcas en los dedos, huellas del peso.
   Esa tarde, esa buena tarde, asterisco se cansó de cargar las bolsas e inmediatamente las soltó. Las dejó caer, con brusquedad, haciéndolas golpear contra el piso de la calle lleno de mugre. Y ni siquiera se preocupó por el contenido, y se fue, alegre, por la vereda sucia.
    Más tarde, después de una larga caminata, el señor asterisco, feliz de no tener que cargar nada, se sentó en la puerta de un bar. De la entrada salía mucha gente, que le pedía que se corra. Él no reaccionaba como debería reaccionar un hombre normal: sorprendiéndose, diciendo ''perdón, perdón, ya me corro'' y corriéndose. Asterisco se paraba, dejaba pasar al individuo con expresión macabra y luego le decía ''de nada''. Solo un ''de nada''. Seco, malhumorado. La gente era la que se sorprendía, era gente normal, y se callaba y seguía caminando. Así un montón de veces, hasta que el bar cerró.
     A esas horas de la tarde, que ya no era ni tarde ni buena sino noche, el señor asterisco estaba más solo que nunca, y ésta vez sí: no había nada para hacer. Asterisco se sentía liviano, con la capacidad de hacer lo que quisiese, sin presión, a su modo, sin normalidad.
    Caminó con una dirección. No sabía cuál, y pretendía que la decisión se tomara a lo largo del paseo. Sus pisadas hacían ruido, y aveces hasta él intervenía para que hagan más ruido. Y le gustaba escuchar sus pisadas, que tenían ritmo, y le gustaba pensar que alguna otra persona las escuchaba.
    Con esa gran capacidad que tenía asterisco para improvisar el camino, se paró frente el lugar en el que había dejado sus bolsas, miró sus bolsas, tomó sus bolsas, y se fue.


Texto e imagen por Solange Rim.

lunes, 10 de junio de 2013

Bahía, de los nadies.

   Bahía Blanca me llama por razones inespecíficas, me hace querer salir del mundo, aunque estar ahí contaría como otro minuto más en el mundo. Pero Bahía Blanca no es el mundo. Es para mí la felicidad. Ahí, está mi refugio. Cuando me siento mal, voy a Bahía Blanca, sí, en tren, en un tren que pasa por otros pueblos, en los que la gente te alerta ''estás llegando a Bahía, estás llegando, cada vez más cerca''. Y los frutos de ese viaje son largos paseos, gente, gente que escribe, bibliotecas repletas, vida, mucha pero mucha vida, muerte; indispensable. Todas esas cosas están en mi Bahía Blanca imaginaria, la que nunca pisé y temo pisar, por miedo a desilusionarme. Pero de todos modos voy a ir, no sé si en tren, no creo que en tren, pero mi Bahía imaginaria espera, paciente.
    Una vez me imaginé una historia. Era de una chica, que iba a la biblioteca Rivadavia, la que está en el centro, y pedía libros, y se hacía amiga de la secretaria que estaba en el mostrador. Entonces, a la salida, iba al Puerto Ingeniero White, y se sentaba en un banquito. En ese banquito estaba sentada también una muchacha, que le empieza a hablar, que le dice que escribe, que sí, que por qué no, que vayamos inmediatamente. Al festival del camarón. Un montón de puestos, como una feria. Comienzan a charlar con el dueño de un stand, y él le pregunta a la chica de dónde viene, porque se nota que no es de acá. Y ella le dice que es de Caballito, de la parte de las vías de Caballito. Entonces, el vendedor le dice que recuerda, más o menos, recuerda, que su familia había tenido una cerrajería por Caballito, y que por ahí era cerca de las vías. Ella se entusiasma, y le pregunta si recuerda algo más, porque hace mucho que no escucha algo de Buenos Aires, y quiere saber, quiere que le cuente sobre los barrios porteños y qué se yo que más.
     Al rato la muchacha que la acompañaba, la que estaba en el banquito, se impacienta y le dice que vamos yendo. Ella no escucha, no le interesa. Y entonces la otra se va, y la deja a la chica hablando con el dueño del stand. Y se va y atraviesa todo un parque, y llega, caminando, así, sin nada, a las afueras, donde no hay más que ruta, y quizás un par de casas perdidas, y decide esperar. Y dice: ''Solo dejo que la gente me lleve, hacia donde quiera''.

Eso pasa, en alguna Bahía.

    No me voy a resistir a recomendar dos obras de bahienses que hojeé estos días en la librería. Las dos parecen tener una sinceridad aplastante, bastante típica de algunos bahienses que conocí mediante su arte.
Y antes que nada: Yo no leo Página 12. Me parece un mal diario, y no porque sea oficialista, sino porque me parece un mal diario (además de la ideología, hay otros criterios para clasificar un diario). Aquí va una nota que salió en Radar sobre Mario Ortiz, uno de los escritores que, al igual que Luis Sagasti, publicó en Eterna Cadencia:
La bahía de la lengua.
     El libro de Luis Sagasti, titulado ''Bellas Artes'', también, al hojearlo, me pareció interesante. Es el futuro regalo para el día del padre, ya que trata temáticas bien acordes a los intereses de mi viejo. Pueden obtener más información acá: Bellas artes, de Luis Sagasti.
     Otro día seguiré hablando de Bahía Blanca, por que me parece, allí hay algo para mí, oculto.


Texto por Solange Rim.

domingo, 9 de junio de 2013

Llanto y padre.

     ''Pero, papá, es que a mí ya nada me pone contenta'', le digo llorando en el minúsculo cuarto, tapada por una sábana azul que desciende hasta el piso, intentando yo arrimarla hacia la superficie de la cama, fallidamente. ''Ya está, papá, nada me pone contenta. Nada. Te lo puedo aseg... asegu... a-se-gu-rar''. Y después emito unos sonidos extraños, como queriendo soltar una palabra, sí, solo una palabra, una palabra que cargue en su interior el significado de una vida entera, un término justo para la incomodidad del ser humano, una palabra única. Y supongo que esa palabra única eran los sonidos esos, raros.
     Estaba la luz apagada, mi papá no me veía la cara, y yo agradecía que el no tuviera la posibilidad de hacerlo: pues ésta estaba en un estado de deterioro, que incluía ojos rojos y agonizantes, pestañas faltantes, todas desperdigadas por la almohada, tristeza, mucha pero mucha tristeza.
     Lloro y estiro mis palabras inentendibles, expando por toda una sílaba millones de ruidos, y mi papá me escucha, mudo de todo.
     Se nota que reflexiona. Soy capaz de descifrar la interioridad de sus silencios, qué piensa mientras calla, qué maquina mientras nadie dice nada, qué neurona golpea con cuál y qué se forma a partir de eso. Y el terreno de palabras está vacío, todo lleno de nada, una nada portátil que se puede intercambiar de cuarto, o para ir a cenar, sí, hay que ir a cenar porque en este momento hay fideos en la olla, desbordando y enojados.
     Y me dice: ''No, Juli, no digas eso''. Ya lo dije, es imposible retirar lo dicho. Y elegir lo que voy a decir en el futuro también es imposible. No soy yo la que maneja mis actos, es otra cosa.
      Me quedo callada. Esta vez el silencio me corresponde a mí, porque yo lo silencié. Quizás estoy reflexionando, y creo que él sabe que yo estoy reflexionando. Pero no digo nada. Solo pienso en la dureza del término que usé, en la profundidad que cabé, en la declaración. Mi papá escucha lo que yo digo, pero yo no digo nada. Solo lloro. Y eso se escucha. Pero nada más que eso.
      ''Pa, puede ser que haya algo que me pone contenta:'', le digo llorando aún más (que no es lo usual en esas circunstancias de arrepentimiento), ''tener un papá, que se preocupa, y que en este momento, no me dice que no tener nada por lo que estar feliz es imposible''.


Texto y foto por Solange Rim

jueves, 6 de junio de 2013

Peluquería.

   Se sentía el saborcito de lo incómodo. Se percibía, a medias, una desobediencia en el cliente, quien estaba sometiéndose a un corte de cabello, que no se sabía, ni siquiera, si le iba a quedar bien o mal. Quédese quieto, mire para acá, bien, muy bien, le decía el peluquero. Pero al rato se corría, se cansaba, sentía qué tan artificial era su pose dolorosa, que solo servía para favorecer al peluquero. Y encima sus cabellos descendían al suelo, con levedad, imaginarios trozos, vulgares, crueles, desacomodaban el relieve del piso, lo manchaban, lo arruinaban, quitaban la paz que no había. En esto, vino un actor y comenzó a hablar, como hablan los actores que actúan. Parecía tener un gran interés en lo que decía, pero ese interés se fusionaba con el disgusto que le generaba la sonoridad de las palabras que decía: Una por una, limpias, libres de exageración, o de actuación, incluso. Al hombre no se le cuestionó nada durante todo su monólogo, siguió sin interrupciones. Hablaba de la vida, de cosas en general. Pero no se lo escuchaba, porque demasiada era la presión que ejercía sobre los objetos de la pequeña sala: las tijeras, los peines, los secadores, las cremas. Y el hombre comenzó a sospechar que nadie lo escuchaba, y lo sospechó tarde. Porque todos estaban poseídos por sus tareas; el aire, incluso, estaba soplando porque no le quedaba otra, no, no tenía más acto posible en su repertorio, el viento, el viento soplaba porque no había más. Y así, de ese modo, el peluquero le cortaba al cliente su cabello; y también el actor relataba su monólogo. Quedaron todos secuestrados por los árboles de la cuadra, por vidrio en el que el cliente, el peluquero y el actor se reflejaban, el vidrio, por el que se veía el mundo.

   Así fue como todos se miraron. El peluquero hizo una seña, como diciendo ya terminé. Y el cliente, cansado, dolorido de tanto posar para una foto inexistente, se levantó de la silla giratoria, no le agradeció, y se marchó. El actor miró angustiado al peluquero, y le dijo: ‘’Solo quería que le quede mal’’. 

Texto por Solange Rim

martes, 4 de junio de 2013

Desvíos de la existencia

   Estaba poseída por algo inexistente y se movía con pisadas algo exageradas. Vomitaba de a poco el alambre de sus días decepcionantes. Horneó con su mirada el espejo del silencio, se acomodó en la silla de aire. Tenía miedo de que cuestionen su existencia, siempre excesivamente errónea. Continuó con su rumbo como quien olvida las cosas al pasar, en una secuencia de hechos nobles. Su discapacidad mental, le hacía responder cualquier cosa e incluso decir mentiras leves que son más trágicas que las enormes; porque cuando una mentira es chiquita casi ni afecta una verdad, pero cuando una mentira es sólida, poco a poco termina convirtiéndose en una verdad. Cayó en una nube de vapor que no la sostuvo y se durmió cayendo. No encontraba consuelo en los balcones sabios que si pudieran hablar contarían cómo fue creado el universo. Pero los balcones no hablan y si hablaran serían mudos. Pisó millones de baldosas con melancolía cortante, como quien tiene una melodía triste sonando de fondo en las acciones. Sus anteojos le ayudaban a ver y en sus vidrios se reflejaban todas las cosas que veía; pero el anteojo las veía mejor que ella.
   

(Nietzsche decía que, escribir, es más o menos esto:
''La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos'')

Texto y foto por Solange Rim

viernes, 31 de mayo de 2013

Renglones

Los renglones son como ductos
por los que fluyen palabras.
Son tubos, 
por los que corre la sustancia del mundo
hecha líquido.
Son cañerías,
en las que se ve con claridad el sistema.
Por ellos pasan 
todas las aguas
del delirio.


Texto y dibujo/foto por Solange Rim