jueves, 23 de mayo de 2013

Catástrofe (si me lee un arquitecto me mata)

Cuando era niño,
o más bien,
cuando soy niño;
me gustaba mezclar
las cosas de mi casa

Quería que la cocina, por ejemplo,
sea mi cuarto
quería cocinar en el living
quería poner un escritorio
en el baño

Pero no podía,
porque el contrato social de esta puta Tierra
me lo impedía;
todo el mundo tiene que tener una casa como la gente,
¿pero qué?
no sabían entender que mi delirio era urgente

Yo no estudié,
arquitectura en la UBA
ni pienso hacerlo
nunca lo haré;
pero comprendo
que aunque un milagro suba
desde el castillo clandestino
yo resistiré
en mi desordenado hogar.

Noche

No avance.
Mire las veredas
que tantos transitaron tristes.
Piense en las alegrías que se transportaron
en los saltos y en las aguas
que rodearon las veredas todas
y se volvieron celestes
para dejar pasar,
para no dejar que no pasen. Para pasar.

Soplido, 
voló un folleto
abandonado por manos,
manos despreocupadas
incapaces de agarrar el mundo.
Los dedos,
los dedos de las manos que soltaron el folleto
se inclinaron
hacia lo inestable y lo largaron.
Que sea libre, el papel. Que no reviva.
Que se quede allí,
para ver pasar los años.

Y yo miraré el cielo.
El cielo estará,
como un cajón abierto y desordenado
por el que sobresale ropa
por el que desborda, ropa.
Todas, todas las estrellas desbordan del cielo hecho cajón.
Y se miran entre sí, astros. 
No encontrarán consuelo en mí,
y se olvidarán de que existo. 


Texto por Solange Rim
Foto por Adriana Lestido

Sueño con serpientes

Hay hombres que luchan un día y son buenos
Hay otros que luchan un año y son mejores
Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos
Pero hay los que luchan toda la vida, esos son... son unos pelotudos. 

Ventana

 Una ventana que da a la calle es como una espada clavada en el mundo. La sangre que va emergiendo de los vidrios es lo que vemos y el filo, la calle. Las espadas del mundo son muchas, y existen demasiadas variantes. Uno de los detalles más cortantes del mundo es la gente, que mira por su ventana buscando algo. El personaje intenta de equilibrar sus miedos a la transparencia y presiona su frente hasta que el vidrio se quiebra y nada entre derrames rojos. El sujeto que asoma su cabeza por la ventana piensa que el mundo siempre es otra cosa, no disfruta de las lluvias ni de las muertes exteriores a su edificio de la Avenida Talcahuao. No siente, no siente el vidrio porque su cabeza hace demasiada presión. Y en su cocina, una pava ya no es una pava. Y en su living, el sillón ya no es sillón. Y en su departamento, la calle ya no es ventana.


Texto por Solange Rim
Foto por Adriana Lestido

miércoles, 22 de mayo de 2013

Carta existencialista

''La conciencia sólo puede existir de una manera, y es teniendo conciencia de que existe''.
Sartre   
 
   La religión es posterior a nuestra existencia. El hombre creó la religión. Dios murió. Lo único previo a nuestra existencia es el amor, el amor que nos construyó. Porque para crearnos, alguien tuvo que desearnos con vida. Y sino, somos un error. Y si somos un error, tenemos que renunciar a nuestras vidas.
  El destino ya está determinado por el pasado, y el futuro es inexistente. No hay comodidad cronológica porque lo que está pasando es un reparto permanente que se dosifica entre lo que ya pasó y lo que va a pasar. El presente no existe, tampoco.
   Destacadamente, si hablamos de inexistencias, está el pasado. El pasado no se almacena en ningún lado inmaterialmente, el pasado es algo inmaterial que afecta en lo material. Muchas veces, el pasado se citó inmaterialmente. 
  Al principio dudaba si éramos un error. Me estoy dando cuenta de que lo único que nos impulsa es el tiempo. Nada más. Simplemente el tiempo. Entonces, caigo en la conclusión de que el humano excluye las felicidades que, poéticamente hablando, detienen el tiempo. Si un humano no tiene instantes, no tiene tiempo general. Al no tener tiempo general, el humano se ejercita para seguir viviendo una vida que no perciba el tiempo. No percibir el tiempo genera una excesiva memoria de los hechos pasados. Los hechos pasados generan remordimiento y hasta deseo de repetición. 
Compruebo con evidencia que somos lo más erróneo del mundo. 


Texto y foto por Solange Rim

martes, 21 de mayo de 2013

Muerte

Y si me muerto
que sea 
por no haber 
vivido 
lo suficiente.


Texto y dibujo por Solange Rim

lunes, 20 de mayo de 2013

El hombre puso el telescopio en su ventana y miró

   El hombre puso el telescopio en su ventana y miró. Cerró un ojo, abrió bien el otro y posó su mirada sobre el cielo, todo estrellado, lleno de cosas que en algún lenguaje se las podría haber nombrado imperfecciones perfectas.
   Después de un par de minutos, eligió volver a su casa, a su sillón: pero no para sentarse en él, sino para mirarlo y comparar la diferencia entra las inmensidades astrológicas y un simple sillón en el que la gente apoya su culo sin piedad. Luego de mirarlo sintió, ahora sí, la necesidad de sentarse. Las imágenes del cielo negro seguían en su mente.
   Recordó que en su mesita ratona había una lámpara nueva que le había regalado no sé qué persona. Con mucho esfuerzo, la enchufó y a modo de homenaje la prendió y apagó unas treinta veces seguidas. La vista del hombre, a tal punto, comenzó a averiarse y a sufrir alucinaciones. En la bombilla, se reflejaba al tiempo en que se prendía y apagaba una taza con humo. El humo, se iba desprendiendo de la taza y salía por la ventana de la casa del hombre. Antes de desaparecer en el cielo, el vapor envolvió pasajeramente el telescopio.
   Después de un rato, el hombre tomó conciencia de que su humo imaginario flotaba entre las estrellas. Sentía la capacidad de inventar más cosas para que se vayan volando e infiltradas se mezclen con el negro fondo de los astros. Y así, fue transportando cosas al cielo; pero no solo objetos imaginarios e inexistentes, sino también reales: Sus mejores recuerdos, sus tristezas, sus elementos más preciados, sus alegrías, sus libros y todo. Después de un rato, su casa quedó vacía. Ni siquiera el sillón en el que estaba sentado había sobrevivido. Nada. Hasta logró llevar al cielo un cacho de pared (cosa que ocasionó un gran agujero y un reclamo de los vecinos).
   Entre contento y otra emoción, miró otra vez por su telescopio. Nunca había observado tanta belleza junta: Su vida flotaba en el eterno firmamento.


(Y así es como la gente
se va al cielo)
Texto por Solange Rim

Tenemos la culpa de todo.

   Sonó el teléfono. (Pura farsa son los teléfonos). Se había quedado pensando en sus actos pasados, en su locura y en algunas cosas más. Dentro del rótulo ''algunas cosas más'' entraba todo lo que no hizo. Pero sería demasiado duro de mi parte el tener que nombrar todo lo que no hizo, porque no lo hizo, y al no hacerlo, es inexistente. El futuro, en realidad, es inexistente. Entonces pensó en esas algunas cosas más, y el teléfono seguía sonando. Estuvo a punto de cortar sin haber atendido, pero no, porque de pronto la imagen de la muerte se estrellaba contra su ventana y la hacía vidrios inservibles. Y comprendía que la muerte afectaba a cualquiera de ese modo, no solo a la ventana. Pensó que podía hacerlo sobre ella, en ese mismísimo momento, pero no. Porque inevitablemente surgió la vida. La vida, que era todo lo que la rodeaba. Se susurraba que la vida le parecía un mal invento. Muerta la pasaría mejor: Muerto no se sufre. Para nada.
   Atendió y dijo lo peor que pudo haber dicho. Todo lo que no estaba planeado lo dijo, todo lo que no era capaz de decir lo dijo, todo lo que no tenía que decir lo dijo, todo lo que era imposible de decirse lo dijo: En otros términos, dijo lo que sentía. Y luego lamentó ser culpable de lo que sentía, porque lo que sentía, era obra de lo que había hecho, y lo que había hecho era obra de lo que sentía en el pasado: Finalmente, se llega a la conclusión de que la gente que te dice ''Bueno, no es tu culpa'' no está en lo correcto. Tenemos la culpa de lo que sentimos porque somos nosotros quienes lo plantamos y lo regamos. Cuando un sentir está poblado de fastidio, se hace jugo y comienza a consustanciar en la vida y a teñir todo de negro. Y así estaba ella, quien por puro error había dejado sonar el teléfono como una masoquista ejercitada.
   Cuando estaba feliz, no le temía a los espejos. En ese momento, su incógnita era si era feliz o no. Entonces fue al espejo del baño para comprobarlo. Nada, no sonreía. Solo se miraba y pensaba que tal vez, estaba contenta. Pero despertó otra duda: El por qué de la felicidad. Nada, no lo sabía. No sabía que había dicho en el teléfono segundos antes, pero no le importaba recordarlo porque insistía con esa falsa excusa de que su memoria era presa fácil del olvido. Pero no lo era. Ella recordaba a la perfección cada palabra, pero prefería olvidarlo todo. Quería olvidarlo porque sabía que todos lo iban a olvidar (olvidarse de las cosas está de moda).
  Mínimamente sonrió. Qué quería del espejo no se sabe. No se sabe ni qué pretendía. Quería efectos concretos y había efectos tan poco concretos que se le hacía difícil seguir mirando el espejo. Nada, el espejo no la miró, ella sí miró el espejo, pero nadie se contestó porque era demasiada la felicidad que los distanciaba por medio de vidrios y ondas escasas. Lo que la distanciaba del espejo era la ira que se mezclaba confusa con la felicidad. Y es por eso que mirar el espejo le hacía mal, se ensordecía y las descargas eléctricas que se le aparecían por las manos eran tensas. Calambres, se podría arriesgar.
   Se mojó la cara. Volvió a escuchar el teléfono. Muerte, pensó. La muerte, que la muerte haga con el teléfono lo que hizo con la ventana. Sí, que lo rompa para que no suene más. Que lo destruya, que lo convierta en una esponja o en otro objeto. Que haga algo, que la muerte se encargue de todo.


(Esta foto me hace pensar
en Stairway to Heaven,
porque, su respectiva subida, su lazo 
futuro con la muerte de arriba, es un espejo
que nos refleja con la vida pasada)
Texto por Solange Rim

domingo, 19 de mayo de 2013

Felicidad

  Me se de memoria lo que va a pasar porque ya pasó. Ya pasó en el pasado y va a seguir pasando en el presente, y por eso me lo sé de memoria. Memoricé casi dos años de mi vida. Digo casi porque la mitad de cada año fue mal predicha. Entonces, sólo memoricé un año de mi vida. Ese año es este año. Pero, la verdad, memoricé nada más la mitad de este año. Por eso, sólo se podría decir que memoricé medio año. Al haber memorizado medio año, mi vida se vuelve una espera interminable por el hecho histórico que la memoria me informó. Ya sé cuándo voy a llorar, cuándo voy a reírme, cuándo voy a enojarme y cuándo voy a tener satisfacciones. Lo único que no sé predecir es cuándo voy a ser feliz, quizás nunca. Nunca predije la felicidad, siempre me llegó sola. No la esperé sentada en ninguna puerta, no la anticipé. Por más feliz o triste que sea el momento previo a mi felicidad yo nunca podré predecirla, es decir: Mis alegrías se escurren y son escuetas, una felicidad tiene una larga duración. Siento, cuando algo me hizo muy feliz, que está pasando a todo momento. Hasta fui capaz de volver a los lugares en los que fui feliz para intentar volver a ser feliz. Pero no sirve porque, al menos para mí, la felicidad siempre ocurre en partes distintas. Nunca supe predecir en dónde voy a ser feliz, (ni siquiera sé en dónde fui feliz, porque por naturaleza el pasado queda oculto en nuestra mente y en ningún otro lado). No sé en dónde fui feliz, pero siempre seré feliz en otro lado.


(Felicidad)
Texto por Solange Rim
Dibujo por Max Cachimba

viernes, 17 de mayo de 2013

Los antibióticos caros

El enfermo, quería convertirse en doctor.
Y de nada le sirvió, porque se enfermó el mismo día
en que se recibió. 
Siempre sabremos 
lo otro,
que no es ni lo de ayer
futuro ayer.

Quién creó la suerte, quién desperdició sus fuerzas.
Quién, quién fue el que eligió, que el mundo tuviera ruedas.
Se mueve, el mundo se mueve, gira, y yo me doy vuelta
aunque no pase.
Y el enfermo, 
volvió a su pastilla
se encerró en ella
y se quedó
para lo ilógico, envuelto en sustancias tóxicas.

Enfermo, no llores por las enfermedades
que ya no existen porque hay remedios y antibióticos.
''Y... si no nos queda más antibiótico, creo que 
hay que ir''. Si, remedio.

Las casas, nuevas.
Conocen la muerte, la han vivido.
La conocen a la perfección porque es el ensayo general
de sus vidas.
Después no hay equivalencia al castigo
que empañó todos los vidrios
del mundo 
dibujo,
dibujo allí la realidad que los dedos
no saben señalar.


(Esta foto está dedicada, 
a las sombras
que son, en teoría, la realidad y no un trozo oscuro de suelo.
Somos la sombra de lo que pasa. Sombra es todo).

Texto por Solange Rim

La hija del fletero

La hija del fletero, linda infinita 

volvió a Madrid, donde parece que es feliz 

ese día me mando al descenso 
recuerdo como su mirada me volteó.

Pero dos que se quieren, se dicen cualquier cosa 
Ay, si pudieras recordar sin rencor. 
En mi buzón hay un par de cartas suyas 
fueron juntándose y no tengo el valor... 
Todavía su amor me da descargas
(nunca tuvo higo seco junto a mi) 

Pero a los ciegos no les gustan los sordos 
y un corazón no se endurece por que sí

No calentás la misma cama por dos noches 
me reclamaba y no la quise oír 
hice de todo por impresionarla 
y dejé huérfano todo su penar
No me gustó como nos despedimos 
daban sus labios rocío y no bebí 
Sopa de almejas es todo lo que como 
(Siempre fui menos que mi reputación)

A los Redondos les conozco pocos errores. 

jueves, 16 de mayo de 2013

Mia me llamó.

   Sabía que si encendía la computadora no iba a resistirme a escribir. Mia me llama por quinta vez en el día y yo le digo, dudosa, que compre las entradas. No sé. Qué se yo. Las va a comprar. Listo, las va a comprar mañana. Ya no hay más. Las comprará y yo voy a ir, con ella, quizás con otra gente. Las va a comprar, al día siguiente, a la tarde, cuando yo cante de felicidad porque es viernes y tarde, y porque las compró no sé. No sé si quiero ir, pero las va a comprar. Entiendo a mis dudas de querer ir por determinadas dependencias.
  Me dijo que se tenía que ir a cenar. Forra, seguro que va a cenar (no sé, comida más rica que yo) algo. A diferencia mía, Mia come cosas más ricas. No sé cómo lo hace, pero siempre que me comenta sobre lo que está comiendo o sobre lo que va a comer, me imagino una vida genial. En fin, nada. Las va a comprar, y creo que ya lo dejé demasiado en claro.
  Como un helado de Malvinas. Como, como algo. Como algo digno pero que no llega a alcanzar las posesiones gastronómicas de la muy hija de puta. La quiero igual, la quiero.
  Me dijo que en Prepa le fue bien. Sabiendo qué era Prepa (se lo había escuchado nombrar otras veces) le pregunté qué era Prepa. Me dijo que era la abreviatura de Preparate (o PreparaRte, ni idea), lugar en el que hace el curso de ingreso (o no sé, otro nombre, no sé si ''Curso de ingreso'' es el de los sábados u otra cosa. No sé. El punto aquí es que no se nada).
  Mañana, Mia, no va a ir a la escuela. Bien, bien. Me hubiera gustado que vaya porque me conozco, no tanto, pero me conozco. Sé qué soy capaz de hacer sin contención psicológica. Igual, su contención no es psicológica, basta con que me diga que leo mucho, que soy depresiva y que qué se yo para que me alegre. Sí, me alegra escuchar esas cosas, me divierte, me hace sentir bien. En fin, va a comprar las entradas. Y lo digo así por miedo a que las compre, aunque, después de haberlo escrito tantas veces, estoy segura de que las va a comprar. Digo, no es que durante todo este tiempo no estuvo oficializado que las va a comprar, pero, no sé. En realidad, me dijo que cuando llegaba a la puerta me llamaba y me preguntaba si las quería comprar. Seguro, yo, le voy a decir que sí. Este llamado era un pre-aviso. Pero se lo tomó recontra en serio.
  Mi única certeza es que no sé y que este texto es pelotudo. Chau.

Texto por Solange Rim

Canillas

   Extraño algunas cosas. Tengo a disposición esas cosas, y las poseo. Pero no pongo en real dimensión su valor. Las desperdicio. Aveces, hasta pienso en rendirme y recurrir a un libro auto-ayuda. Aveces, yo soy la que escribe como los autores (boludos) de los libros auto-ayuda. Pero eso de los libros ya no me preocupa. El rejunte de páginas que narran una historia ya no me preocupa. No me importa. Los libros ya no me preocupan. Las incógnitas sobre la vida, la muerte y lo demás ya no me preocupan en los más mínimo. Ya nis les presto atención porque sé que no me conducen a ningún camino viable.
  El otro día, fragmenté algo de Pablo de Santis que me tranquilizó. Funcionó tal como debería funcionar un consuelo: Qué es viajar? Es quedarse quieto mientras el mundo viene hacia uno.
En el mundo hay demasiadas cosas que viajan, que se transportan sigilosamente. La poesía no sirve y el humor se está despidiendo de mí. No logro desprenderme del realismo, y esa es una triste realidad.
  Clavé la mirada sobre la canilla, que estaba goteando ferozmente, pero con lentitud. Tranquilas se desmoronaban por la cerámica del lavamanos, iban perdiendo parte de su sustancia con el paso de los segundos. Su destrucción definitiva llegaba cuando se escurrían por los orificios del fondo de la pileta. O tal vez, cuando yo decidía que no quería mirarlas más: porque me angustiaban, porque me hacían pensar que la vida se trataba de una gotera que nos expulsa sin piedad en el mundo, y que luego nos desmaterializa haciéndonos caer por un agujero sin retorno ni salida, por el que comenzaremos nuestro ciclo hidrológico nuevamente, hasta convertirnos en un gran sistema mecánico que lo único que nos posibilita es vivir mientras caemos hacia abajo. Y cerré la puerta.


Dibujo por Max Cachimba 
Texto por Solange Rim

martes, 14 de mayo de 2013

Hospital Durand

-¿Y qué representa actualmente un médico para usted?
-Ahora el médico está tan maltratado por la sociedad que todo el mundo compite con él, ya no tiene prestigio, no tiene prestigio, hay menos. Las mismas enfermedades han perdido prestigio, hay menos. Los antibióticos han eliminado la tragedia de la medicina. 
Louis-Ferdinand Céline (Confesiones de Escritores Uno, página diez).

    El hospital era de la gente. Y eso se notaba, para mal. Un hospital que resistió muchos gobiernos, que siguió manteniéndose en pie, aunque con desequilibrio, durante unos cien años. La gente, a su vez, había abusado del poder que tenía sobre el hospital; es decir, todos tenemos la culpa (el gobierno principalmente, el tiempo y la gente). El hospital era de la gente, y por eso yo fui.
  Se había convertido en un contenedor de almas enfermas que se perdían entre los pasillos levemente iluminados por tubos blancos. Tres sillas por pasillo, en algunos dos, en otros una, aveces ninguna. El resto, en el piso helado. Yo era una de las que estaba en el suelo.
  Un hombre con muletas se detiene frente a la puerta en la que yo, en un costado, espero. Lo acompaña un hombre más joven que el. Le falta un zapato, tiene un pie descubierto y otro calzado. Supongo que, sin ninguna cobertura, el sutil pero aún atroz frío otoñal se adueñará de su pie y se lo congelará para que muera con las almas enfermas del pasillo.

   No estaba en un pasillo, lo mío era una sala grande; un punto de encuentro entre enfermeras, pacientes perdidos por falta de señalización y niños escurridizos que esperaban ser vacunados. El hombre de muletas ya ingresó en uno de los pasillos que se desemboca en la sala. Al lado mío estaba sentado un pibe que miraba el suelo preocupado. Su hermana, Brisa, viene a molestarlo y el la evade , le dice que no sea tan cargosa, que vaya que es cargosa, molesta, boba.
  Los viejos con bastón son los ingresos más habituales de los pasillos, deduzco que van a geriatría, porque la sala tiene un cartel que indica eso. Gente de todas las edades me preguntó si era la última, si acá eran las inyecciones. Yo les decía que sí, que era la última y que acá eran las putas inyecciones. Me decían gracias, me contestaban como diciendo: Ah, ya lo sabía. Pero no lo sabían, porque me lo preguntaban.
  Cuando estoy en los hospitales me siento enferma, siento que la mitad de mi cuerpo no quiere funcionar.
Si alguien roza su dedo contra las baldosas, difícilmente no le quede cubierto de polvo y suciedad. Las paredes descascaradas parecen no ser obra de los humanos que transitan la sala día a día, sino del viento que la destruye paciente, para hacer notar una pérdida. Pero no, la culpa la tienen los humanos (los que están ahí, diciendo que todas las paredes están bien mientras están mal).
Brisa siguió molestando a su hermano y yo, harta de sus discusiones, le ofrecí un marcador y unas hojas. Comenzó a hablar. Inicialmente, sus temas de conversación eran los delfines, las sirenas, su hermano molesto, las estrellas que no sabía dibujar y otras inocentes temáticas infantiles.
  A mí me gusta leer para la gente, para que se sienta inspirada y con ganas de leer por su cuenta. Le propuse a Brisa leerle, y me dijo que sí. Intenté con un libro de Pablo De Santis, uno de Alfaguara Juvenil. Después de un rato, sospeché que a la nena no le interesaba, pero de todas formas, seguí. Pasado un rato ya ni me prestaba atención, me miraba como si fuera un ser desconocido al que se le había ocurrido leerle porque sí. Y de hecho, yo era eso y un poco peor. Le dí el libro para que ella lo estudiara sola, pero me dijo que no sabía leer. Tenía siete años.
  Unos minutos más tarde me pregunta qué estoy haciendo, qué hago con el cuaderno. Escribo, le dije. Escribo historias, agregué. Ella, sorprendida, me mira con desconcierto y frunce la frente. Deja entre ver sus dientes faltantes y me pregunta: ¿Tú fabricas historias?
Sí, le digo, acá, en este cuaderno, tengo una fábrica de historias. La palabra fábrica le dispara un lazo asociativo y me dice que cuando fue a la playa, vió una fábrica de papel. Me pide algo para apoyar la hoja, le doy una antología de cuentos cubanos. Le aviso que lo cuide porque no es mío, sino de mi escuela.
  No sabés, me alerta, a mí ya me han pinchado con esas agujas... son terribles, te duele un montón.
  Empezaron a atender. Me va a doler y todavía no pensé en eso. Me asusta un poco. Un hombre quiere pasar, pide que corramos los bolsos. Entra al angosto pasillo con un tacho de basura rodante y luego nos agradece.

  Al notar que me tengo que ir, Brisa, devuelve el lápiz. Los dibujos se los queda, dice: se los voy a dar a mi hermano para que me perdone. Avanzo hacia la sala, una mujer espera con su hija, se queja de que la atendieron  mal, de que no le quieren dar la maldita vacuna. Mi mamá le pregunta qué vacuna. La mujer responde que no sabe el nombre. Me llaman. Me dan dos pinchazos, con intervalos en los que se me pregunta si me dolió, si fue tan grave, Julieta, no fue tan doloroso, eran solo dos pinchazos, Julieta, déjame ponerte el algodón. La enfermera que me pinchó era cordobesa y me cayó bien.

Y lo peor, es que estamos habituados a que los hospitales sean así.


Foto: Instituto de Perfeccionamiento
Médico-Quirúrgico del Hospital Durand (1941)
Texto por Solange Rim

lunes, 13 de mayo de 2013

Advertencias literarias

  En su libro Cuando ya no importe, Onetti comenzó con una advertencia irónica, que, con amenazas, te advierte formalmente sobre el libro. Que un libro te advierta para mí ya es toda una complejidad, ese arma de seducción que tienen los males futuros. Lo que nos conquista es ver todo tal cual es, y por eso lo leemos: Para que nos fusilen y lo veamos en carne propia. Si: Es posible que te fusile un libro.

  Serán procesados quienes intenten encontrar finalidad a este relato; serán desterrados quienes intenten sacar del mismo una enseñanza moral; serán fusilados quienes intenten descubrir en él una intriga novelesca. 

Por orden del Autor.
Per G.G.
El jefe de órdenes.


Prólogo por Solange Rim
Texto por Onetti

Cabellos

-¿Te cortaste el pelo?
-Si, ¿te gusta?-dijo, dando en evidencia su corte.
-Está bueno ¿más corto, no?
-Si, más corto. 
  En ese momento, caí en la conclusión de que mi pregunta era redundante: Nadie va a cortarse el pelo para que su cabello quede más largo.
-Pero... creo que al tipo se le fue un poco la mano. No lo quería TAN corto.
El énfasis que hizo, me asustó. Deduzco que me sorprendí porque no le prestaba atención, porque su voz era de esas del almuerzo sereno, y que no me esperaba una palabra resaltada, remarcada. Entonces me asusté, y creo que las manos me temblaron. La miré porque pensé que se había enojado, que se había dado cuenta de que a mí su pelo no me importaba. Y le dije:
-Na, pero te queda bien igual. A mí me gusta-dije con voz agua, subiendo el tono en cada palabra.
Voy a ser sincera: El pelo me da igual. Organolépticamente, siempre percibo los pelos ajenos más lindos que el mío. Pero tal vez, es porque mi pelo siempre fue juzgado por normal. Demasiado normal.
El cabello, para mí, es un bulto blando sin utilidad que la gente posee en su cabeza. Sólo lo distingo por el color, porque no me interesa pensar en su forma ni en sus adicionales accesorios (hebillas, binchas, tintes, extensiones, etc.)
  En mi opinión, el pelo debería ser eliminado del cuerpo humano. Es increíble como las personas, teniendo la posibilidad de ser peladas, eligen gastar dinero en peluquerías y shampoos. Pero la sociedad es idiota, idiotísima. Me enteré de que lo era cuando Alejandrina me dijo que no le gustaba tanto el corte porque su peluquero se excedió con las tijeras. Y yo dudé de nuestra inteligencia como humanos: Nuestra felicidad depende de otras personas, y esas otras personas sólo están dedicadas a nuestros cabellos; y luego la gente comenta entre sí si el corte está bien o mal. Lo que no sabemos es que a esas personas dedicadas al pelo su cabello les importa más que el nuestro. Y entonces...
Alejandrina me dijo que se iba a ''otro lado'' (lo supuse desde el principio). Luego se despidió. Y sin más (me da risa que la gente ponga ''sin más'', lo considero una sobra fatal) nos alejamos. 
  Yo tomé el colectivo 42, ella el 68. Creo que, antes de que cruzáramos simultáneamente la esquina opuesta, momento en el que nuestro camino se desviaba, me hizo una seña con la mano que no capté más que con una intuición borrosa. Y no me importó. 
  Agradecí que no hayamos hablado del clima, ni de los exámenes, ni de otra cosa más que su pelo. En nuestra conversación  pasada, que se alejaba junto con Alejandrina por el cemento y por el caño de la parada del colectivo, sólo había importado una cosa: El pelo. Y lo demás, basura. 


Texto por Solange Rim

domingo, 12 de mayo de 2013

Ventanas

  Me olvidé de verificar si este cuaderno era rayado o cuadriculado. Cuando me enteré de que era a cuadros, después de haber hecho un gran esfuerzo en conseguirlo, me sentí idiota, sentí la idiotez en su más pura forma. De todos modos, voy a encontrar la manera de amar este cuaderno como amaría las cosas que hubieran sido escritas en los renglones (oh, renglones, como los extraño) de las páginas sostenidas por el espiralado plástico o metálico (no recuerdo con precisión). En realidad, no sé si ´´amar´´ es el término justo; lo que siento por mis escritos no es amor, sino furia, rabia, un desasosiego.
  Abandoné este texto en el momento en que mi abuelo me llamó para que hagamos revista en las cartas que mandó a diferentes periódicos. Dejé el texto, con todo reproche, en la palabra ´´desasosiego´´. Cuando volví, ya había anochecido, los edificios que se veían desde la ventana eran tenues y escasos, y lo único definido eran las ventanas por las que brotaban luces de velador: todas cuadradas, como si su marco fuera su brillo. Muchos cuadrados amarillos, parecían todos iguales, flotando entre los edificios sin contorno ni silueta. Tenía una certeza: Se comunicaban entre ellas.
  El escritorio en el que escribo es de vidrio, y en el se reflejan las luminosas ventanas de los edificios vecinos y lejanos. Allá, se ve el Aeroparque. Estamos en Plaza Italia y todo parece un gran bulto céntrico y olvidado. La Feria del Libro convocó (sin ser un humano) a millones de personas que se ven desde el frente delantero ubicado en la cocina. Lo que yo veo es toda la sobra: La parte trasera del departamento en la que son visibles los lavaderos, las mujeres fregando y todo el mundo oculto que está detrás de lo industrial, de los libros. La gente de las ventanas, cuyo trazo cuadrado como las páguinas del cuaderno parece ser dibujado por un niño, no sabe que en alguna cápsula pomposa y brillante estoy yo, escribiendo sobre ellas. Eso me hace sentir culpable y me anima a gritar que existo, que los estoy escribiendo para que no sean escritos por otro humano que los use en sus obras Best Seller, o en librerías como El Ateneo, para que Paulo Coelho no se aproveche de su belleza e intente de ser poético, para que estén bien atesorados en un texto que no es bueno y que no va a venderse nunca.
Eso a mí, me alegraría. Eso me hace pensar que figuro en algún libro, y me convoca a la lectura: Para descubrir si fui escrita en alguna parte de mi vida por otro escritor que me vio por la calle, o que me encontró escribiendo en una ventana por la noche. Todas las ventanas se están escribiendo entre sí, por eso digo que se comunican. Me veo obligada a manterme inmóvil, para que escriban: Soy capaz de descifrar (o intento) qué están escribiendo sobre mí las otras ventanas. Por eso, así como así, despliego los vidrios y grito:
¡Escribo para no ser escrita!


(La foto muestra el lugar en el que transcurre el texto por la tarde,
mis disculpas a la foto nocturna)

Texto y foto por Solange Rim

sábado, 11 de mayo de 2013

Polvo: sustancia

  Me imaginaba los libros quietos en las estanterías y el polvo del mundo que iba entrando en las bibliotecas, lentamente, perseverantemente, imparable, y entonces comprendía que los libros eran presa fácil del polvo (lo comprendía pero me negaba a aceptarlo), veía torbellinos de polvo, nubes de polvo que se materializaban en una pampa que existía en el fondo de mi memoria, y las nubes avanzaban hasta llegar al DF, las nubes de mi pampa particular que era la pampa de todo aunque muchos se negaban a verla, y entonces todo quedaba cubierto por la polvoreda, los libros que había leído y los libros que pensaba leer, y ahí ya no había nada que hacer, por más que usara la escoba y el trapo el polvo no se iba a marchar jamás, porque ese polvo era parte consustancial de los libros y allí, a su manera, vivían o remedaban algo parecido a la vida.

Amuleto, Roberto Bolaño (Anagrama, 1999).


Texto por Roberto Bolaño

viernes, 10 de mayo de 2013

Heaven

  Oh, el cielo, el paraíso. Ahí nunca pasa nada. Todo está quieto y la gente miente que no. Solo un trozo se inclina hacia la vida pura que no me acuerdo. Ese trozo tiene un nombre, en el nombre del cielo, que lo recuerde de una vez. Cuando termine, empezará de nuevo. Todo. Los detalles revivirán y se mudarán con sus pertenencias al olvido. 
 Heaven, heaven is a place, a place where nothing, nothing ever happens. Y si te lo niegan, te lo niegan. 
(Los viernes me transportan hacia el culteranismo de las ocho, hora que transité muerta tantas veces, con el puto barroquismo que usa los ''Oh''). 


Los techos no dejan pasar
por su dureza
a las tristezas y a las alegrías que se elevan
y que se deberían escurrir
entre maderas y edificios altos
(malditos arquitectos)

Texto por Solange Rim

Acá tienen de todas las épocas

  Un erróneo llamado al Video Club que está ahí, al vuelta del Cid Campeador, entre Avenida San Martín y no se qué. Ese llamado accidental que me ocasionó el ingreso a la vida a ajena, fue una verdadera coincidencia (como lo es todo).
 Navegando entre las estanterías llenas de polvo, siempre mirando un televisor viejo y anotando datos, está sentada una mujer mitad gallega mitad colombiana. En realidad, colombiana entera. Pero no parece. Tiene el pelo rojo y una apariencia envidiable aunque rara. Yo soy la única que envidia su aspecto. Es tan raro, tan desconcertante, que me gusta más que un aspecto sencillo. Además, me gusta porque siempre tengo la certeza de que me lo voy a olvidar. Las caras de la gente cuyo aspecto envidio o deseo, yacen en mi olvido: un olvido tan pero tan forzado que hasta te recuerda cosas falsas sobre dichas caras. El punto es que era colombiana y no parecía, y que era la novia o la algo de un hombre joven. Era el hombre más neutral del mundo, no le conozco un error, todos sus pecados son simplezas.
 Yo solo llamé para preguntar por esa película tan rara que había sido citada en RADAR. No la tenían, como de costumbre. Le había mentido a mi amiga millones de cosas sobre el Video Club, le dije que te conseguían cualquier cosa, que tenían películas viejísimas (de cualquier época) y que... que había una colombiana rara y que esa era la única virtud del lugar.
Casi todo el barrio usaba nuestro número para alquilar: Un vecino, nosotros (lamento decir que el número tampoco es ''nuestro'', sino de otro vecino que se mudó), otro socio que perdió su número con historia y todo, una cajera del supermercado casi abandonado que yace a unas cuadras y un árbol.                                                                     Y con el llamado me enteré de que la pelirroja colombiana, en realidad, era de Ucrania.


No sé por qué, pero la colombiana/ucraniana/gallega
me hacía pensar en Hundertwasser (foto)

Texto por Solange Rim

jueves, 9 de mayo de 2013

El deseo del tren

  El tren se fue, otra vez, con todos mis deseos pasados. Sentía que entre sus vagones flotaban mis pretensiones, sentía a los pasajeros intentando de adivinar cuáles eran los deseos que transportaban por las vías hacia la tierra en la que todo se hacía realidad.
  Cuando le hacía mi pedido al almacenador de las ansias ajenas, recordé la última cosa que le había rogado. Y recordé, también, que este deseo no era igual al anterior.
-¿Qué pediste, Juli?
-Si lo digo no se cumple.


Texto por Solange Rim

martes, 7 de mayo de 2013

Hasta que importe

  Todos los escritores dicen que uno es buen escritor cuando escribe lo justo y lo necesario. Yo, en este momento, carezco de inspiración y de buenas ideas. Pero mis palabras siguen fluyendo, sean buenas o malas, del teclado conspirador. Por ahí la palabra ''conspirador'' esté de sobra, por ahí aclarar que la palabra ''conspirador'' está de sobra está de sobra; pero nada de eso me importa ahora, cuando veo inalcanzable el cuento atmosférico triste que tanto me gusta y las ficciones sobre miseras: Nada de eso llega hacia mí en estas circunstancias.
  Al corregir mis textos en papeles impresos, siento culpa: Estoy destrozando la espontaneidad de un comienzo, la autenticidad de los términos y la riqueza de la verdad. Pero, antes de borrar y decir que borré todo aquello, los recursos deberían existir. Ni siquiera se si existen y eso me genera molestias; apenas una niña curiosa leyó mis delirios inconsumibles. Esa niña, lo leía porque estaba de paso por la hoja: No me lo pidió. Eso la hace auténtica, real.
  Tengo miedo de cruzar la frontera entre lo entendible y lo no entendible. Cuando la paso, por lo general no veo inspiración en ningún lado. Pero, ojo, yo no soy lo que escribo: Seré lo que escriba y lo que escribo y lo que escribí. Y eso me hace alguien incapaz de actuar ante las cosas que son plenamente escribibles y entendibles. Yo sé que busco la aprobación, pero, como Borges decía:
Mientras escribo me siento justificado; pienso: Estoy cumpliendo con mi destino de escritor, más allá de lo que mi escritura pueda valer. Y si me dijeran que todo lo que yo escribo será olvidado, no creo que recibiría esa noticia con alegría, con satisfacción pero seguiría escribiendo, ¿para quién?, para nadie, para mí mismo.
Sin darme cuenta soy la opositora número uno de esa frase, y me duele admitirlo. Me lastima muchísimo. Yo sé que no escribo para mí, nunca escribí para mí (bah, salvo cuando era pequeña y me chupaba un huevo todo). Ahora, todo es una confusión.
  Una amiga me acaba de llamar para preguntarme si necesito una psicóloga. Me lo preguntó con sutileza, con voz de amiga y no de otra cosa, con sencillez y dedicación; parecía que yo le importaba, tal vez demasiado. Es genial, si quiere que le importe muchísimo. Me dijo que era su mejor amiga, que cómo no se iba a preocupar. Me contó que su mamá, también psicóloga, encontraría a alguien que resuelva mis problemas. Problemas: Tantos, tantísimos.
Hay algo que me resulta enigmático: Cómo mi vida se convirtió, sin que yo me diera cuenta, en esas de los libros. Con esto no estoy diciendo que viva una vida llena de atracción, diversión, entusiasmo, hechos ingeniosos, riesgos, ni nada. Me refiero a que he cobrado una visión sobre la vida mucho más concentrada: Logré ver las cosas desde el ángulo en el que esperé verlas todo el tiempo anterior. Eso me parece una pequeña revolución, que inicia todos los días y que nunca se pone a prueba. Es una proyección nocturna, una venganza que le tengo a la muerte (vivir), una destrucción capaz de integrarme en su juego.
  Y sigo sin saber si todo esto, está de sobra. (Tal vez ya lo saben, porque están podridos de leer lo que escribo; que es siempre igual).


Texto por Solange Rim

Recordatorio

 En una oficina, hay un post-it vacío. Plenamente vacío: No informa nada, no pretende recordarnos nada, no ambiciona sorprendernos, no necesita de las letras para hacernos bucear en la memoria.
¿Por qué, tan inexpresivo, tan de adorno? ¿Para qué lo habían pegado, si ni siquiera tenía un propósito?
Le brindaba, sin querer, un poco de infantilidad a al escritorio gris. Porque un niño, no hubiera sabido cómo escribir, no necesitaba una ayuda memoria, no sabía sobre el mecanismo de las mismas oficinas. Tal vez, la persona que lo pegó pretendía ser un poco más niño. Quizás, se olvidó de lo que iba a escribir antes de escribirlo. Y era el papel el que contenía aquella información, el que había contemplado a la persona adheriéndolo. Era el, y no otro post-it, el que se sentía desolado, sin ningún recordatorio.
 Todos lo miraban, mientras tecleaban dígitos, con ignorancia. Nadie nunca reparó con gentileza sobre el papel amarillo pollito, nadie se molestó por darle un empujón cuando su pegando se había envejecido (cosa que le ocasionó la muerte definitiva, su caída). Su muerte amarilla.
El pobre quedó flotando entre resaltadores, informes impresos, cartuchos, abrochadoras y todos los elementos habituales de las oficinas.
Nadie le daba pelota. ¡Y el pobre, como si nada hubiera pasado para el resto, seguía guardando la historia de su dueño, aquel valiente que lo pegó vacío!
 Pasaron los años. Pasaron las décadas, hasta que el post-it, que nunca pretendió recordar, se olvidó de su historia.

Basado en hechos sumamente reales
(el post-it existió)
Texto por Solange Rim

lunes, 6 de mayo de 2013

La noche de las llamadas perdidas

  Había una vez, un hombre que dedicaba su vida a las llamadas perdidas.
Vivía en un PH por Congreso, y desde allí ejercía su extraña profesión: Con un teléfono, una agenda y un escritorio marrón que lo acompañaba en sus delirios (o más bien, los apoyaba).
  Llamaba a alguien, dejaba pasar cuatro ''tuu'' y cortaba. A la persona, esto le figuraba como ''llamada perdida''.
Sus llamados estaban dirigidos a toda la gente por igual: Artistas, empresarios, depresivos, drogados, suicidas, excesivamente contentos, empresarios*, vacas, hormigas, dentistas y árboles. Las personas, desconcertadas, respondían devolviéndole el llamado; pero este no respondía.
  El hombre disponía de tres celulares: Uno para llamadas perdidas (osea, para no antender), otro para llamadas encontradas (para atender) y el último para llamar (no para que lo llamen). Si le daba su teléfono a alguien con quien no quería hablar, anotaba su celular para llamadas perdidas. Si conocía a alguien que laburaba en algo relacionado con las drogas, los elefantes mutantes y enciclopedias parapsicológicas; le anotaba el celular para llamadas encontradas.
  Un día de septiembre, el hombre organizó una maratón de llamadas perdidas. Su objetivo era simple: Llamabas, esperabas cuatro ''tuu'' y cortabas. Eso, con todos los números de tu agenda y seleccionando teclas al azar.
Toda la gente que estaba del otro lado de las llamadas perdidas (que a su vez también llamaba), escuchaba un cuarto de su ringtone. Y se ponía nerviosa: Sentía la fría brisa de las cosas incompletas.
Los que no estaban al tanto de la maratón, recibían ochenta llamadas perdidas y no entendían por qué.
  El hombre la tituló ''La noche de las llamadas perdidas'' para recrear el estilo de los términos criminalísticos masivos: ''La noche de los lápices'', ''Los doce apóstoles'', ''La noche de los bastones largos'', etcétera.
De igual forma, su misión no era criminal. De hecho, no involucró muertes; pero solo hasta las once y media, donde algo de lo más raro ocurrió:
  Sofía, licenciada en oftalmología, llamó por accidente a su ex-marido, quien la había abandonado con tres hijos (todos ellos psicópatas) y un perro (el abandono más trágico). Este, atendió la llamada antes de los cuatro ''tuu''. NADIE atendía la llamada antes de los cuatro ''tuu'', pero él si.
Entonces, Sofía, quien era una mujer que tendía hacer cosas poco normales, no le cortó; esperó su ''Hola''.
Habrá esperado unos cuatro segundos con nueve milésimas, hasta que su ex-marido, con algunos sonidos extraños de fondo (que por ahí eran de bar, de avenida transitada o de una tormenta que sólo caía donde él estaba) le dijo ''Hola''.
-Hola- respondió ella.
-¿Necesitabas algo?-dijo con un tono bien interrogativo (más interrogativo que otros tonos interrogativos).
-No.
-No pienso devolverte la plata.
-¿Qué plata?
-La única plata.
-¿Por qué? Voy a tu casa en marte.
-¿Cómo?
-Que voy a tu casa a matarte.
-Me mudé.
-Ya sabía.
-¿Entonces?
-Nada, voy a tu casa a matarte.
-Ojo, la plata no está debajo del sillón azul marino que me regaló mi tía en una viaje a Haití.
-¿Qué plata?
-¡Ahora yo voy a ir a tu casa a matarte!
-¿Qué? Nos vamos a ir de nuestras casas para matarnos y no va a haber nadie cuando lleguemos porque vamos a estar matándonos.
-Yo voy a esperar en mi casa para matarte cuando llegues.
-Yo también. ¿Qué plata?
-Ninguna, era un chiste.
-¿Y los chicos?
-Ah, me olvidé de decirte: voy a matar también a los chicos.
-No están en su cuarto temblando, debajo de una sábana de Micky Mouse.
-¿Entonces?
-Nada, que voy a matarte.
-¿Ya?
-No, por ahí la semana que viene.
-Me mudé.
-Ya sabía. También voy a matar a tu casa, para que te mueras vos dentro de ella.
-Pero las casa no se matan.
-Las casa se destruyen.
-Si, pero no se matan.
-Las casa tienen sentimientos.
-Te dije hace unos segundos que iba a tu casa para matarte.
-¿Cuándo?
-Estoy acá, en la entrada.
-¿Con cuchillo?
-No.
-¿Con droga?
-No.
-¿Con qué?
-Nada, nada, era todo mentira.
  Sofía fue hacia la casa de su ex-marido y lo mató.
Y todo eso, debió haber sido una llamada perdida.


(No puse la foto de un celular por que este blog
es muy retrógrado)
Texto por Solange Rim
*Repetí la palabra ''empresario'' porque si. 

domingo, 5 de mayo de 2013

La María la del Peugeot.

  Perdí mi lapicera porque mi mamá chocó (levemente) un auto. ¿Cómo es posible?
Típicos choquecitos de los cuales su posterior papeleo es plenamente evitable. Pero para mi madre, esto es necesario. (Digo ''típicos choquecitos'' para aparentar una gran experiencia en choques).
Estábamos escuchando La Biblia de Vox Dei, gran disco. Permanecíamos en la larga cola que se extendía en la Shell de Caballito. ''De sol a sol, labrando tierra tendrás tu pan...''. Y de repente: ¡Chock! ¡Tum!
Mi mamá hizo un ruido extraño, en el que intervienen la succión de aire y la consonante ''S''. Después emitió un dudoso ''Ay, no. Ssss. No, por favor. Ay, no. Pero, bueno, no lo hice apropósito''.
 Sale de un coche gris una mina entre pelirroja y rubia. Mi mamá le dice, entre otras súplicas íntegramente adheridas a la única palabra que se le entendió, ''Disculpame''. La mujer no parece tener demasiado problema. ''No, es un ralloncito, no es para tanto''. Luego de esto, como si no fuera ''para tanto'', se inclina hacia la parte trasera del auto y mira el mísero ralloncito. Después, mi madre interviene y entre ellas comienzan a ''debatir'' (sin violencia, sin ácidos ni nada) cuál es el origen del golpe.
-Para mí que golpeó acá (señala una esquina del baúl), y después ralló un toque acá (indica el espacio que hay arriba de la luz izquierda)''.
-Si, seguro que fue así, o tal vez dió contra esto y (...)''.
-Bueno, podemos pasarnos los datos y cualquier cosa te llamo.
Me pide la lapicera (mi preciada lapicera que siempre atesoro en el espiral plástico de mis cuadernos) y se la doy. La mina agarra unas hojitas de agenda y anota allí el teléfono de mi casa y el nombre de mi mamá. Mi mamá, a su vez, anota el teléfono y el nombre de la chica. ''María Mujica'', se lee a poca distancia.
-El auto es de mi viejo, así que por suerte no fue mucho el golpe.
Aún un poco preocupada, mi mamá le da la razón y sigue pidiendo disculpas.
-No te hagas drama, no fue tanto. Cualquier cosa te llamo-repitió María.
Ambas se suben a sus respectivos autos, yo presencio todo desde la ventanilla del asiento derecho. Veo que, entre sus manos, la mina ésta que para mí mintió llamarse María Mujica tenía mi lapicera.
Ya, en todo este periodo ridículo, mi madre había cargado nafta.
Adiós lapicera, adiós María Mujica y tu auto rallado.

Epílogo feliz:
 Recién, hace unos segundos nomás, María envió un mensaje a mi mamá diciéndole lo siguiente (parece todo hecho apropósito para una historia):
 ''Hola Anabella, soy María del peugeot de Shell. Te vi un poco mortificada y te quería comentar q no voy a hacer la denuncia en el seguro. Mi papá recuerda q ese paragolpe ya estaba bastante golpeado de antes. Lo de hoy fue un golpecito.
Saludos!''.


Texto por Solange Rim

sábado, 4 de mayo de 2013

Ladrones que no robaron

Robé de todo, 
hasta viví tristezas ajenas 
y alegrías propias (que me las robé a mí misma).

Robé fiebres
robé peluzas, kilos de polvo 
para enfermarme

Robé canciones
y las canté tanto que me dieron acciones
de sonidos. Trozo tuyo, trozo mío.

Robé organos, y los doné. 
Robé inocencia, y la usé para no robar más.

Robé el sol. Me lo comí.
Al día siguiente amanecí
muerta, y desde la muerte escribo
aún en el incendio
que robé para incendiarme


El flaco que es espina está avisándome de la aurora, carajo.
Texto por Solange Rim

Escribo para no ser escrito

Escribir para mí es pensar. Es cierto, aunque sea pensar sobre la frase (y no sé si hay maneras de pensar fuera de una frase). Y escribo para no ser escrito, para no ser narrado por el discurso social que circula y tengo que repetir. Y ahora diento que a medida que voy escribiendo, que sale un libro nuevo, o tengo un texto nuevo satisfactorio (porque los libros no me importan una mierda, acá todos hablan de los libros y nadie de los textos), siento que obtengo una victoria, porque no es algo que me mandaron.

Los libros de la guerra, Fogwill (1914-2010)

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Texto por Fogwill

jueves, 2 de mayo de 2013

El funcionamiento de la vida y el nunca.

 Así funciona la vida (si funciona):
 Un día vas a lo de la tía Marta y ella te dice que no entres a su casa. Solitario, sin saber a dónde ir, recurrís a un orfanato para que te adopten, te críen y te enseñen cómo funciona la vida. Conocés a muchas personas: todas tienen algo que vos no tenés y vos tenés algo que todas no tienen. Simultáneamente, comenzás a iniciarte en la vida y en sus pasadizos, sus carteles indicativos (''empuje'', ''tire'', ''no pasar'', etc.) y sus leyes. Te dicen, un día, que te vayas de la vida que tenías y que inicies otra. Tu breves apuntes convivenciales derivan en que te dirijas hacia el hospital en el que naciste, preguntes si podés ir a la sala de maternidad y esperar a nacer: Sentarte en el sillón de la habitación, presenciar la vida pasar frente a tus ojos, recordar buenos momentos y sentir que ningún acto tuyo tiene valor. Porque de hecho, en tu proceso de muerte, nada tiene valor. Ni más ni menos valor que una papa introduciéndose en el picaporte de una puerta cerrada.    Ves una lágrima caer en aquel hospital, en aquel mundo, en aquella galaxia. Esa lágrima es tuya. Y si fuera de otro, también sería tuya. Porque vos sos propietario de esa lágrima: La lágrima está a tu nombre. ¿A quién le vendí el llanto?, te preguntarás. No se sabe si es una gotera del hospital o tu lágrima. No sabés identificar si el llanto es tuyo o si es de la lágrima. Comprobás con ignorancia que naciste, que naciste de esa lágrima; porque en la lágrima te ves reflejado, y vés pasar, en la lágrima, todos tus llantos anteriores, todas tus memorias y todas las cosas que no supiste decir. Sentís que las palabras que no dijiste están siendo dichas por otros. Todos esos otros están en tu lágrima, flotando entre las aguas del sillón del hospital del mundo de la galaxia. Y ahí te das cuenta de que vivir y estar vivo es lo mismo. 


Texto por Solange Rim

miércoles, 1 de mayo de 2013

Hipsters y guerra

 ''Las inscripciones del emblemático eslogan “Keep calm and carry on” (“Mantén la calma y sigue adelante”) fueron diseñadas por el gobierno británico al comienzo de la Segunda Guerra Mundial ante una posible invasión nazi''.
Después de haber leído esto, al pasar por la vidriera de un local de ropa, me pareció una locura el ver una remera que vincule tragedias con bigotes, muffins, nutella, entre otros íconos hipsters. Digo ''locura'' para abreviar, porque en realidad, esto sobrevuela las fronteras entre la moda y los mensajes que transmite, la ''gracia'' o la ''parodia'' y la historia universal.  
Y hay más. Mucho más:
 “Mantén la calma y viola mucho”, “Mantén la calma y acuchíllala” y “Mantén la calma y pégale”. Esas y otras inscripciones llevaban impresas unas remeras que se pusieron a la venta en Amazon. El sitio de ventas por Internet recibió una ola de críticas de clientes indignados por ofrecer esas prendas que promovían el abuso sexual y físico a las mujeres. (Cash, Página 12).
Esta entrada no es una denuncia, mucho menos una queja (aunque tendría motivos); es una impresión. Mi impresión, en este caso, va en forma de Fabián Casas (ya casi una fórmula literaria, para mí):
Si el mingitorio de Duchamp fue un objeto fetiche para resignificar el arte del siglo XX, los íconos actuales son una muestra cabal, la materialización más notable, de la estupidez humana. (Lo decía sobre el celular, pero no importa).


Texto por Solange Rim
Para ver el documental, click aquí (está en inglés, pero puede brindar algo de referencia visual).

martes, 30 de abril de 2013

¿Qué hay dentro del tiempo? ¿Carne?

Capítulo 1:
 Había una vez una persona (sin nombre, sin cabeza, sin edad ni tiempo) que decidió detener el tiempo, o más bien, matarlo. Matarlo para que no se apodere de todo lo que estaba haciendo, para que nadie espere y para que nadie se ponga ansioso. Esta
era una tare de semidioses.

Capítulo 2:
 La persona sin nombre se preguntaba a cada rato cómo haría para destruir algo inmaterial; porque, al ser inmaterial, no podía desmaterializarlo. Y la idea era, justamente, desmaterializar algo inmaterial. Por eso esta fue una tarea de semidioses.

Capítulo 3 (el comienzo y el final juntos):
 El ser humano anónimo, que no era un semidios, cruzó la frontera entre el tiempo y el destiempo: un pequeño pueblo del interior (con una estación de tren y todo eso) era el punto de inicio para esta carrera involuntaria y terrible, que muchos átomos desconocidos como la persona sin nombre se animaron a cruzar.

Capítulo 4 (el anterior no fue final porque sí):
''¿Aquí hay tiempo?'', dijo la persona.
''Aquí no estoy'', le dijo el tiempo.
''¿Pero por qué, tiempo? ¿Por qué no se va a entiempar otras partes del mundo que no estén tan entiempadas?''.
''Pues porque aquí, en este pueblillo despreocupado, necesitan saber la hora y tener relojes''.
''Pero, tiempo, dígame de una buena vez por todas,  ¿qué esperan los relojes?''.


Texto por Solange Rim, 
¿Dónde queda almacenado el pasado, en los basurales?